Belerofonte mata a la Quimera

Belerofonte mata a la Quimera, como nuestros héroes hicieron la otra noche.

[NOTA DEL AUTOR: Este post tenía que haber salido hace una pila de días, pero por alguna razón WordPress no me dejaba escribir nada hasta ahora. Cosas de la vida]

El rol es una afición en la que la planificación del director de juego se valora mucho, a pesar de que no sirve de gran cosa para muchos aspectos clave. Uno de estos aspectos es la emocionalidad.

En una obra dramática de cualquier tipo, uno hace las cosas sabiendo el efecto dramático que trata de obtener, la emoción que trata de evocar en la audiencia. En el rol, la audiencia y los artistas son las mismas personas, con lo que esa emoción es aún más difícil de predecir. El momento clave no puede planearse, porque no hay forma de saber qué harán los protagonistas. A los jugadores les puede dar por hacer cualquier cosa por cualquier razón, y los fallos normales de la comunicación humana hacen que, a menudo, el espacio imaginario que comparten Director de Juego y jugadores sea diferente para cada uno.

Un ejemplo: conozco a un grupo de gente que se pegó mucho tiempo jugando una partida de Vampiro ambientada en la ciudad de Chicago, siguiendo un libro que publicó la editorial. Durante todo el tiempo que estuvieron jugando, interactuaron frecuentemente con un vampiro rebelde de nombre Damian. Tras años de jugar esa partida, un día el director de juego hace un comentario de pasada y los jugadores le miran pasmados y dicen:

¿Cómo que Damian es negro? ¿De verdad es negro?

Ya ves, años jugando juntos y esas cosas pasan. Su imagen mental de Damian era diferente de la del director de juego. Con más razón aún cuando preparas una partida no puedes prever si el momento emotivo que piensas le provocará algo a tus jugadores, o si les provocará la misma emoción que tú esperas, o si directamente pasarán de ello. No sabes cómo los personajes que representas les caerán, y quizá odien al tipo que tú pensabas que sería su mejor aliado, o se unan al malo, o qué sé yo.

En una partida de rol, los momentos de emoción inmensa no se pueden prever. Sólo puedes agarrarlos cuando llegan y exprimirlos.

La otra noche jugábamos una partida de RuneQuest ambientada en la época de la Micenas Mítica, unos años después de la Guerra de Troya. Los personajes son aventureros del Bizancio altomedieval (año 589 d.C) que, buscando un tesoro en la tumba de Agamenón en Micenas pasan una puerta a esa época y quedan malditos por robar la tumba del Rey. Para volver a su tiempo han de volver a la ciudad de Micenas – que en esa era está bajo asedio y cuyo rey les busca para matarles – y han de entrar por un pasadizo custodiado por la Quimera. Sólo hay una forma de derrotarla, que requiere la ayuda del caballo Pegaso. Los héroes se ponen en marcha y localizan dónde vive este animal, y se preparan para dominarlo usando una brida mágica que le robaron al Rey de Micenas (de ahí que este les tenga manía). El personaje de Nur es el que lo va a intentar.

Y en ese momento es cuando Nur, tras muchos trabajos y un susto muy gordo ha conseguido domar al caballo, entra en éxtasis.  Pero en éxtasis de pura emoción. Desde ese momento en adelante Nur pasó el resto de la partida con una sonrisa de oreja a oreja y absolutamente feliz porque estaba montando a Pegaso. Y es algo que exprimí, describiendo con detalle lo que era volar, y cómo el caballo les ayudó en su viaje a través de una tierra en guerra hasta donde les esperaba la Quimera. Los personajes lograron derrotar a ese monstruo con su ayuda (robando de paso a Belerofonte de la posibilidad de ser un héroe algún día :P) y llegó el momento de la despedida. Nunca había visto tan feliz a Nur en una partida. No podía imaginar que le haría tanta ilusión, no lo sabía. Sólo podía exprimirlo.

De modo que cuando ella me pidió si podía conservar una de las plumas del caballo como recuerdo, le dije que sí, claro. Y ya tengo pensado un uso para esa pluma.

No fue el único momento metal de esa partida, porque los hubo en cantidad (que se lo digan a Deirdre que le ajustó las cuentas al rey de Micenas en corto y a mojadas mientras la ciudad caía a su alrededor). La pena es que cuando Nur voló por primera vez con Pegaso no caí en pinchar esta canción, que habría molado mucho: Master of the Wind, de Manowar. Bueno, en este caso Mistress.

En todo caso esta va por ti, nena. Te quiero mucho, y me siento feliz de que fueras tan feliz.