A menudo viene bien visualizar con mucha claridad lo que quieres al fijarse metas. De este modo, miras a tu alrededor y ves qué cosas no están como deberían para igualar la visión que tienes. Un poco como aquel escultor al que, cuando se le preguntaba cómo era capaz de esculpir con tal realismo un elefante, va y dice*:

Pues es muy fácil. Cojo el bloque de mármol y le quito todas aquellas partes que no se parecen a un elefante.

Fantástico, ¿no? Tiene todo el sentido del mundo, desde luego. Buscas y cambias, buscas y cambias, un toque aquí, un gran trozo allá, con la meta en mente.

El problema (siempre hay una contrapartida) es que no ves lo que sí se parece a un elefante y ya tienes hecho. O alguien que está contigo, ya puestos. Y muchas veces (sobre todo para mi) es difícil fijarse en una chuminada como algo que ha cambiado de sitio, y está mucho mejor en su nuevo lugar, porque tengo esa meta en mente y sólo veo lo que no está como debe.

Y hay que pararse y mirar y apreciar los pequeños cambios. Porque son importantes. No se trata sólo de disfrutar de tu casa cuando está construida. Se trata de disfrutar de verla crecer y tomar forma.

Qué melón soy a veces por no darme cuenta antes. Lo siento, cariño.

* Por supuesto, no tengo ni idea de dónde la leí, qué escultor era, y estoy bastante seguro de que no era un elefante.
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