El abuelo de Nur ha muerto, y lo hemos enterrado por la mañana. Tuvo, como sucedió con el mío, una vida muy larga.  Al igual que sucedió con el mío (y con cualquiera, ya que estamos), no hay nada que decir para mitigar el dolor. Como hace tiempo me dijo mi primera tutora en esto de ser psicólogo, ante ciertas realidades como la muerte uno puede ser psicólogo, o electricista. Podemos marcar la diferencia después, pero no en el momento. Así son las cosas.

Esta barriguita no se rasca sola

Esta barriguita no se rasca sola

El abuelo de Nur se fue en paz y sin sufrir (a pesar de llevar una larga temporada hospitalizado), justo cuando iba a comenzar la parte realmente chunga y dolorosa de su pelea contra el cáncer. La parte que iba a perder sí o sí. Creemos que lo vio venir, lo cual pienso que es mejor. Su mujer está triste, claro. Ha pasado 60 años con él. Pero por otro lado ha disfrutado de 60 años con él, que la hizo feliz. No es un mal trato, y ella lo sabe. No es un consuelo ahora, pero lo será.

Creo que la clave para decidir cómo afrontamos un duelo es la capacidad de esperarlo que tenemos. Y es la coherencia con nuestra visión del mundo. La gente mayor se muere. La gente joven no debería. Los padres no habrían de enterrar a sus hijos. Ese tipo de cosas. Ese sentimiento viene de nuestra persistente idea de que el universo debería ser un lugar justo, que se estrella con la realidad, sin duda, pero de la que parecemos incapaces de deshacernos.

Creo que esta diferencia en cómo asumimos unos duelos u otros  está cableada en nuestros cerebros con el mismo mecanismo que nos hace ver formas y patrones por todos lados: en las nubes, en las llamas, correlacionar sucesos independientes… Es el mismo mecanismo que nos hace pensar que si la lotería toca en una administración al año siguiente tiene que tocar, a pesar de que no hay ninguna razón para que eso ocurra. El mismo mecanismo que hace que todos los roleros tengan supersticiones gilipollas con sus dados. Y el mismo que nos hace olvidar que, si algo es extremadamente improbable, sigue pudiendo ocurrir y de hecho (gracias a la ley de los grandes números) es muy probable que ocurra en alguna parte en algún momento.

Es nuestra inmensa necesidad de dar sentido a las cosas, porque nuestro cerebro ha evolucionado haciéndose tan bueno encontrando patrones que predicen el entorno, que no podemos dejar de ver patrones incluso donde no los hay. Los patrones nos tranquilizan, nos hacen sentir bien por la sensación de control, porque el mundo es un sitio chungo e impredecible. Tanto es así, que si percibimos que no podemos controlar lo que nos sucede entramos en una depresión por lo que se llama indefensión aprendida.

De modo que un hombre mayor muere y sus seres queridos se adaptan y lo sobrellevan mejor (al menos por término medio) que la muerte de una persona más joven. Porque nos parece que tiene más sentido cuando en realidad no lo tiene, ya que las circunstancias de nuestras muertes son fundamentalmente aleatorias. Pero nos quedamos más contentos. Es curioso y fascinante el modo en que nuestro cerebro funciona.

Por otra parte, uno que parece que se va a escapar del Segador es Giggly. Sigue comiendo sólidamente, ha recuperado la energía y las ganas de bufarle a Barbián y, sobre todo, ha recuperado su aire altivo y señorial con el que se pasea por la casa. Cuando se digna dejarse ver se acerca a la puerta que le separa del resto de la casa y maúlla (suavito, no va a alzar la voz) para que le abramos. Nos honra un rato con su presencia, y cuando se cansa vuelve a la puerta de salida y se planta, mirándonos con cara de “¿Me abres o qué?” para volver a su zona a estar tranquilo.

Y a mi me parece bien, qué cojones. Nos dieron sólo un 50% de que saliera. Para fiarse de los médicos.

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