Hace calor, ¿no?

Hace calor, ¿no?

Barcelona se cuece, y con la humedad nos cocemos al baño María con ella. Espero que llegue la compra mientras voy haciendo cosas de curro y algunas cosas de la casa, pero con la calma. Como a muchos otros animales, el calor me vuelve muy perezoso (gracias al padre de Nur por el climatizador que me permite estar a gusto).

Lo de cocernos no es muy exagerado: anoche fui a ver una jam session de jazz con la Móni, y dado que es agosto el local estaba a un 25% de aforo y se estaba en la gloria, con su aire acondicionado y tal. Cuando salimos del garito a la Plaza Real, pensé que me había metido en un hammam. Y eran más de las 23:30. Andar hacia Plaza Cataluña y meterse en el metro no mejoró la cosa (hasta que entras a los vagones, quiero decir).

Cuando llegué a casa todo el mundo estaba despierto por el calor. A los gatos no parece molestarle tanto, ahora mismo tengo a dos tirados al sol en la terraza, cosa que me duele sólo con pensarlo. Pero la pobre Nur ha pasado una noche de perros. Pusimos en marcha cuantos remedios conocemos, pero sólo supusieron un alivio marginal del insomnio. Como esta tarde no toca gimnasio, quizá podamos recuperar algo.

Ayer tuve una reunión donde recibí dos propuestas de trabajo para septiembre en adelante, y a las dos dije que sí. Si la segunda sale adelante, será el proyecto más friquérrimo que haya tenido nunca entre manos, lo cual me complace. Me gustó encontrar a un tipo que hace realidad lo de vivir de sus hobbies, o al menos intentarlo y sacar dinero de ello. Aún ha de desarrollarse y nada está cerrado al 100%, pero oye, es un paso. La Cojonudología dice que si no sale será porque salga algo mejor. Las cosas definitivamente se espabilan, y se ve el final de la racha mala de poco trabajo.

Por otro lado la jam session de ayer (que disfruté mucho) me convenció de que, en efecto, cada vez tengo menos paciencia y menos ganas de escuchar virtuosos pajillerismos experimentales y me gustan más las cosas directas, con pegada y al turrón. Al menos en música y también en cine (con la literatura todavía soy más tolerante). No soy ni mucho menos un entendido en el género (por ejemplo, me gusta mucho más el blues), pero he escuchado bastante jazz de la época de Miles Davies y he ido a más de una edición del Festival Internacional de Jazz de Granada, que tiene bastante nivel, de modo que al menos sé lo que me gusta. Los músicos improvisaron en torno a ritmos clásicos del jazz, con un ritmo ágil y variado que era agradable y divertido, que por clásico les hacía muy fácil encajar muy bien, creo yo. Nada que ver con las pajas mentales de la primera jam a la que asistimos, en la que los dos cantantes parecían (literalmente) tratando de sacarse bichos invisibles de la pie, el trompeta parecía que estaba castigado sin tocar y había humo de pega como para fingir el incendio de Roma. Y no entendíamos nada. Probablemente me esté volviendo rubia, como a Nur le gusta recordarme. Pues genial. Soy rubia.

Eso explica por qué probablemente el último disco de los Dream Theater (Black Clouds & Silver Linings), un grupo que me ha

Obsérvese la papada del LaBrie y cómo la edad no perdona

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gustado bastante desde hace un tiempo (desde que Equécrates me los descubrió, si no recuerdo mal), no me la puede traer más floja estos días. Tras echarle un vistazo al disco en Spotify – loado sea con grandes loas – decidí que prefería meterme clavos al rojo por la uretra antes que aguantar más canciones de más de 10′ llenas de pajillerismo musical y letras obtusas. Una muestra: la primera canción del disco, llamada A Nightmare to Remember está supuestamente basada en un “traumático” accidente de tráfico sufrido en su infancia por John Petrucci, el guitarrista de la la banda. 16′ 12″ de canción y solos interminables de guitarra, dedicados a un accidente en el que nadie resultó herido. Así es, amigos. Nuestros amigos os harán perder un cuarto de hora de vuestras vidas para que sepáis lo que es ser perseguido para siempre por un accidente sin importancia. Y no os perdáis al batería rapeando con voz de orco y dando gracias a Dios porque no pasó nada, acabando con un rugido. Porque no hay nada más metal que las alabanzas religiosas acabadas en una buena expulsión de gases. Joder, chavales, podíais dejar de pretender que sois heavies e ir a tocar a uno de estos programas de música chanante que la 2 pone a la hora que Nur se levanta a trabajar. O mejor, poneros a trabajar de verdad en discos que no sean un coñazo y abarquen menos de mi vida laboral.

Por eso, y como reivindicación de la vida sencilla, os dejo esta maravilla que encontré en la banda sonora de la peli Rockanrolla (muy recomendable). The Black Strobes no son un grupo que haga rock, en contra de lo que puede parecer en el vídeo. De hecho, son tecnorros con un aire bastante siniestro y tal, y la mayor parte de su música me importa un carajo. Pero esta canción, no sé por qué, me recuerda a Johnny Cash y Chris Isaak, ergo, es buena. Os dejo con I’m a Man (sí, la letra es pueril, pero el rock es así).

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