No hace mucho comentaba lo maravilloso que es el lector electrónico de libros que me han regalado este año. La mejor forma de demostrar mi agrado por el invento es, creo yo, usarlo hasta que eche humo. Y a eso me he dedicado vigorosamente desde que lo recibí, aprovechando que de entrada el aparatillo traía 100 magníficos clásicos de la literatura que he atacado mientras leía otras cosas en papel.

La experiencia de usarlo hasta ahora ha sido estupenda. No me ha llegado a cansar la vista en ningún momento, es muy como si leyeras el papel a través de una lámina de plástico. De hecho, como no está iluminado como la pantalla de un ordenador, no puedes leerlo con poca luz, igual que el papel. Es ligero y manejable, y como no se tiene que sostener abierto como un libro convencional es más cómodo de leer mientras haces otras cosas o estás en la cama. La batería… aún no la he agotado, aunque he tenido el invento en marcha una semana. Y los libros, incluso en el tamaño de letra más pequeño (que es el que uso para que el número de páginas sea menor) son perfectamente legibles. Con el formato PDF depende exclusivamente del archivo: hay muchos libros en PDF que en realidad son imágenes de las páginas montadas en PDF y por ello la calidad del escaneo condiciona su legibilidad en el aparato (en el ordenador no lo notas tanto). Los documentos Word, .rtf, .txt y similares los coge genial.

Así que un 10 para este invento, que me hará los viajes (y quizá las partidas) mucho más fáciles y agradables.

Por otro lado, el lector me ha servido para reconciliarme con una novela que detestaba: Drácula, de Bram Stoker. La explicación fácil que se me ocurre es que la traducción que tuve era terrible, porque ahora, en el inglés de 1897 de esta versión, lo estoy flipando.

Sí, hay personajes que me siguen pareciendo deleznables, y entiendo que para nuestras sensibilidades modernas el modo en el que los personajes femeninos se retratan es humillante y machista y lo que te salga. Pero el ritmo de la novela, la forma de plantear los diálogos, es brillante. La estructura de la novela realmente brilla aquí, y aprecio la manera en la que los distintos personajes (salvo el Conde) van planteando su visión de lo que ocurre. Incluso los que son densos como el cemento y no pillan ni una (Dr. Seward, te estoy mirando a ti).

Lo que dice mi amigo Dilettante, que debe saberlo porque él es uno: los traductores son malísimas personas. Esto ha sido como reencontrarte con aquella chica de tu adolescencia que era un cardo borriquero y ver que los 30 le han sentado de muerte y además le sigues molando. Vamos, es como me imagino que debe ser. O algo. Vale, no es muy brillante. Sigh.

Una buena experiencia (los otros libros que he leído en el lector eran éxitos seguros) que no correlaciona con la otra novela de vampiros que estoy acabando. No se puede ganar siempre. Más en breve.

Anuncios