El Dr. House escribe un libro. Salvo que no es él.

El Dr. House escribe un libro. Salvo que no es él.

Una noche de perros (A Gun Seller), por Hugh Laurie

Hugh Laurie, por si el nombre no os es familiar, es un cómico y actor británico que es conocido aquí por hacer de Doctor House. Es un tipo con una larga y exitosa carrera como actor junto a Stephen Fry, Rowan Atkinson, y otros.

Resulta que este tipo, además de ser un cómico genial y un estupendo actor, también escribe. Escribe novela policíaca, por ejemplo, como es el caso de esta que nos ocupa hoy. Añado los dos títulos, tanto original como traducido, porque una vez más, los traductores hacen lo que les sale de la real polla. Por supuesto, encontraréis numerosas referencias en la portada a capulladas como “Sólo con el cinismo del Dr. House se podía escribir esta novela.” Bueno, antes de nada: esto no tiene nada que ver con House. De hecho, Laurie escribió esta novela hace como 10 años. Pero bueno, si así logran publicitarla más, allá ellos.

Esta novela trata sobre Thomas Lang, un ex-policía y ex – soldado británico que se gana la vida con trabajos de guardaespaldas, investigador privado y similares. Es un tipo básicamente decente, duro pero justo, ya se sabe. Es un cliché, pero es un cliché agradable de leer. La novela está escrita en primera persona, y comienza cuando Thomas está tratando de que un tipo sin pescuezo y muy fuerte no le rompa el brazo, y todo por tratar de ser un ser humano decente y avisar a otro hombre de que le van a matar. ¿Y cómo lo sabe Lang, pues porque le ofrecieron el trabajo a él, y lo rechazó.

A partir de ahí, Lang se ve metido en un lío enorme, que incluye a la industria del armamento, grupos terroristas, gobiernos, mujeres fatales y no fatales, funcionarios imbéciles, muchos tipos con espaldas como armarios, y algunos tiroteos.

La novela tiene el ritmo de una pieza de jazz acelerada, y se lee en un soplo. Pasan cosas continuamente, y lo giros imprevistos llegan con regularidad y acierto. El sentido del humor de Laurie / Lang es ácido, oportuno y divertido. No se pasa de listo con los chistes, y realmente transmite que eso es lo que pasa por la cabeza de un tipo británico con un sentido del humor muy de allí, al que la situación le viene una pizca grande, pero no demasiado. Es un héroe con el que simpatizas pronto, y quieres que le vaya bien aunque a veces sea un poco desagradable.

En definitiva, muy recomendable, entretenida e interesante. Aunque puede cumplir (y muy bien) esa función, no es sólo literatura de piscina. Y parece que Laurie publicó una segunda novela, Paper Soldiers, que ignoro si está o no relacionada con esta. En todo caso, para no perdérselo.

Cabeza de perro (Morten Ramsland)

La familia es lo más mejor que hay

La familia es lo más mejor que hay

Ahora me aparto de la literatura negra para acercarnos a otro tipo de novela, que parece una gafapastada pero no lo es.

Cogí Cabeza de perro porque a Nur se la habían recomendado, y la premisa original que describía la contraportada sonaba interesante: “Esta divertidísima y originalísima novela sobre una saga familiar escandinava blablablaba y sigue a partir de aquí largando rollo…” Aquí nos paramos, porque es donde cometí mi primer error: los escandinavos no llaman divertidísimo a las mismas cosas que nosotros, y a mí se me pasó, de modo que empecé leyendo esta novela pensando en una comedia, y a las pocas páginas pensé que me había metido en Cien años de soledad, que es algo con lo que yo podría tener pesadillas.

La gente en el norte de Europa tienen sentido del humor, pero es algo diferente del nuestro, y la novela lo refleja. Hay mucha mala leche y mucho fatalismo detrás de ese humor, y eso a algunos se nos puede atragantar. Tenedlo presente si abordáis este libro, cosa que de entrada, yo recomiendo.

Tal como promete el autor, nos cuenta la historia de tres generaciones de la familia Eriksson, empezando por Askild, el abuelo, que consigue escapar del campo de concentración de Sachsenhausen, en la Segunda Guerra Mundial, continuando a las dos generaciones siguientes, en el marco de la Noruega y Dinamarca de posguerra.

La familia Eriksson es, básicamente, una familia completamente disfuncional, que muestran todos los problemas que te puedas imaginar (alcoholismo, violencia, relaciones enfermizas entre ellos), y que se hacen los unos a los otros toda clase de putadas. Esto no quita, sin embargo, que a su manera enfermiza y tarada se quieran mucho entre ellos. El escenario es muy diferente de aquel en el que pensamos hoy en día cuando hablamos de Escandinavia: es el norte de Europa tras la ocupación alemana, las cosas son duras y difíciles, son tiempos de extremo conservadurismo, y la familia, la verdad sea dicha, apenas puede hacer más que ir tirando, a pesar de que el abuelo Askild es ingeniero naval. ¿Y eso por qué? Pues, entre otras cosas, porque Askild es un obseso del cubismo, que hace planos que nadie entiende y por ello le despiden de todos los astilleros por los que pasa, con lo que la familia va de un lado para otro cada cierto tiempo. Bueno, y porque es alcohólico, y porque… así ad nauseam. Y es una tendencia que, en mayor o menor medida, muestran todos en la familia, cada uno a su manera.

El narrador es Asger, nieto de Askild, que comienza esta historia a raíz de la muerte de su abuelo. Es pintor, y ha tratado de salir adelante en Amsterdam, pero vuelve a Dinamarca al enterarse de que su abuelo ha muerto y su abuela está en las últimas. Su hermana, Stinne, le anima a contar la historia de la familia, y Asger lo hace, empezando por su abuelo, y añadiendo la historia de los demás. Es una mirada un poco triste, algo nostálgica de los buenos tiempos de la niñez, y que sin embargo narra con humor algunos episodios completamente grotescos. La verdad, a veces cuesta creer que puedan llegar a pasar tantas cosas a una misma gente, pero así es. Los Eriksson tienen una forma de ser absolutamente vital, apasionada y decidida. Todos aman y sienten hasta extremos enormes, y esas pasiones son las que guían las, a menudo erróneas, decisiones que toman. Son gente extrovertida, y en general, se la pela bastante la opinión del vecindario. A pesar de sus muchos defectos, uno no puede evitar cogerles una cierta simpatía, y creo que ese es uno de los pilares por los que la novela me ha gustado.

Porque en efecto, me ha gustado. Aunque temí al principio haber caído en un pozo de gafapastismo, pronto el autor consigue demostrar que tiene una historia clara en la cabeza, que quiere llegar a alguna parte con ella, y que sabe el ritmo que debe llevar. El lenguaje es franco y coloquial, sin artificios poéticos que no vienen al caso – me cabrea cuando el autor se pone lírico para que veamos que puede – y va al grano.

Así que recomiendo esta novela, especialmente si os interesa el costumbrismo de la época que describe, y os va el humor muy muy negro y una pizca bestia. Porque los Eriksson otra cosa no, pero son unos estetas con una elevada sensibilidad lírica. La sensibilidad de un quebrantahuesos. Acercaros al este libro sin prejuicios, y es muy probable que os guste mucho.

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