Ayer llegué a casa y encontré a Barbián mucho más en lo que es normal en él. Aún anda un poco nervioso, y hace algo que habitualmente no hace: maúlla un huevo. Pero bueno, es que debe echar de menos muchas cosas: a Rapunzell, a Beba, su casa… Con mi compañera (tendría que buscarle un nick) y conmigo está genial, algo es algo. Pero a veces me da un poco de pena oírle maúllar por la noche.

Esta mañana le he puesto el antibiótico y me he sentado en el suelo a su lado, para ver qué tal se lo tomaba. Se lo ha tomado como un campeón. De vez en cuando paraba y me miraba como para asegurarse de que seguía ahí, con los ojos muy grandes y muy redondos. Así que le he dado unas golosinas cuando ha acabado, y ha dejado el platito limpio.

Ahora sólo falta que yo consiga que esta tarde mee como debe, para tomar la muestra de orina y llevarla al veterinario mañana antes de ir con la Compi Imperial (nada, que no me gusta) al IKEA a por más cosas para el piso, ya que nos dejan una furgona. Y con eso finalizaría el período de adaptación y tal.

Anda, Barbián, bonito: haz feliz a papá y mea en el botecito.

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Una de las cosas buenas de dar instrucciones claras y precisas es que, a veces, las personas las cumplen. Dejé una serie de cosas pedidas para que se fueran haciendo en donde los suecos, y mira tú, están hechas. Con lo cual la cantidad de trabajo atrasado en estos días asciende exactamente a cero. ¡Viva la delegación de tareas! El poco que había lo he empujado a la semana que viene, como el que no quiere la cosa. Al jueves o el viernes.

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Eh, se me acaba de ocurrir que mi compañera de piso será de ahora en adelante SAMURGirl. Que así sea.

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Oh, mira, un compañero de curro me acaba de enseñar una unidad compartida con 20 GB de música. Cielo santo. Benditas empresas de frikis. Menudo fiestón.

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Los cambios corporativos son un fenómenoc fascinante que revierte en que, de repente, tengo menos urgencia por hacerlo todo. 😛 Y poca gente me coge el teléfono.

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Ante los cambios propios y ajenos, la actitud más común es un cierto escepticismo. En realidad, es la actitud que se da siempre. Tendemos a ver a todo el mundo (y sobre todo a las personas) como hechos en piedra, y somos escépticos con respecto a las posibilidades de cambiar ciertas actitudes. Es más, en la mayoría de los casos es una actitud fundada y justificada, porque muchas veces nuestros intentos de cambiar son limitados, poco productivos y no van hasta el final. Por eso mismo es normal oír los mismos anuncios de cambio muchas veces.

No me gusta sentirme mal cuando alguien es escéptico respecto de algo que yo digo. Y no es algo de lo que pueda responsabilizar a nadie más que a mí mismo. Victorias privadas primero, victorias públicas después.

 

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