Este largo fin de semana (yo lo empecé el jueves por la tarde) he estado en Barcelona. Barcelona ha estado hermosa para mi, como suele estarlo todas las veces que voy. La gente con la que he pasado estos días se ha portado de vicio conmigo, como suelen hacerlo, y he tenido el espacio y el tiempo necesario para pensar y tomar decisiones, que se traducen en nostalgia, calma y tristeza. Y esperanza. Mucha esperanza.

Cada uno tiene un lugar secreto, que tiene que encontrar en cada sitio al que va. En este lugar pensamos y decidimos, nos curamos y miramos el horizonte y el cielo, buscamos un rumbo en países inciertos. Hacemos acopio de esperanza o nos dejamos hundir en aguas profundas. Nunca estamos lejos de él, porque es parte de nosotros.

Cada uno encuentra este lugar en sitios diferentes, en cada ocasión. El lugar puede ser una canción, o el silencio. Una habitación, o el campo abierto. La piel y el cuerpo de otra persona, o la soledad absoluta. La actividad más frenética o la meditación más calmada. En tierra extraña, o en tu propia casa. Tanto da. Yo he tenido ocasión de encontrarlo en estos días y disfrutarlo.

Cuando César tuvo que cruzar el Rubicón (mira aquí si  no sabes de qué te hablo) soltó aquello de Alea iacta est (La suerte está echada). Eso está muy bien, pero es un hecho un poco menos conocido (y algo más legendario), que el día que lo cosieron a puñaladas su esposa, Calpurnia, tuvo un mal presentimiento con el tema. Así que le pidió que tuviera cuidado, o mejor, que no fuese a trabajar. César, acabando de arreglarse la toga, le dijo:

Nihil nobis metuendum est, praeter metum ipsum. (Nada tenemos que temer, salvo al mismo miedo).

Dicho esto se fue, y lo rajaron como a un señor. La frase se ha utilizado en otras ocasiones, por otras personas. Y el mensaje es válido.

Teníamos que tomar una decisión, y ya la he tomado.

Amor vincit omnia. Aut viam inveniam aut faciam (El amor lo vence todo. Encontraré un camino o crearé uno)

§ 

Esta semana he descubierto un par de joyas jugando con Dile y Barachan al Guitar Hero III, y volví a escuchar otra que hacía mucho que no escuchaba. La primera es Knights of Cydonia, de Muse. Es más o menos una manera como cualquier otra de romperte los dedos, la letra es irrelevante, pero me gusta el extraño feeling que me da de viajar por una tierra extraña.

Esta le encanta a Dile, por la misma razón que me encantó a mí. Él venía a decir (muy aproximadamente) que le entusiasmaba como si fuera la primera vez que escuchaba rock. Y así es. Me gustan las canciones que tratan la nostalgia con honestidad, y no como una excusa para ahogarse en baba. Esta es When You Were Young, de The Killers, y la tocamos un centenar de veces. No me la podía sacar de la cabeza.

Y esta es una de Mick Jagger y Lenny Kravitz, de cuando el señor Jagger hizo un trabajo en solitario. Hacía años que no la escuchaba, pero fue oírla y recordar por qué me gusta tanto. Creo que si la Iglesia de la Cojonudología tuviera un himno, bien podría ser este.

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