El Gran Wyoming viene a decir en esta entrada, llamada Defendiendo la democracia, como siempre:

El acto de protesta lo convocó la cúpula de la jerarquía eclesiástica ante el perverso acoso que padecen las familias de bien y que, según afirmó el obispo de Valencia, “puede acabar disolviendo la democracia” (el que avisa no es traidor).

Una cosa que siempre me llama la atención es cómo todo el mundo se apunta a ser un defensor de la democracia, incluyendo aquellos grupos que nunca han tenido una tradición democrática, ni la han tenido, ni se preocupan de llegar a tenerla. La Iglesia Católica no es un organismo democrático, es una jerarquía ancestral en la que la opinión de sus fieles es irrelevante. En la ICAR hay miembros de segunda (las mujeres) que carecen de muchos de los derechos de los demás miembros. La Iglesia siempre ha sido un obstáculo para las democracias, que se han instalado pese a la oposición de la Iglesia, y no debido a ella (quizá la Iglesia Anglicana sea una excepción, pero por sus propias peculiaridades). Pero ahí están los tíos, como si es que el que la democracia se disolviera fuera una cosa que ellos encontraran mala. Si les tendría que encantar que la democracia se disolviera, es cuando mejor les ha ido. Claro que, si la Falange Española van por ahí de defensores de las democracias y las libertades de España, por qué no estos. Total, es gratis.

Por otro lado, me maravilla que una institución tan frágil como nos presentan a la familia, haya podido sobrevivir tantísimo tiempo con tantas perversas amenazas que la acosan y la persiguen desde todos los ángulos. Quiero decir, cualquier cosa puede destruirla, según parece, aunque luego no pasa nada. Me parece recordar, aunque yo era bastante pequeño, que los políticos de lo que hoy es el PP se echaban las manos a la cabeza cuando se aprobó la Ley del Divorcio, y unieron sus voces a las de los obispos para anunciar que la familia desaparecería (aunque en otros países existía esa ley hacía tiempo y las familias seguían siendo la unidad social más básica), y que la sociedad se colapsaría en la anarquía y un contumaz contubernio en la concupiscencia, o algo así (cosa que no ha ocurrido nunca en ningún otro sitio, pero Spain is different). No sólo no ocurrió lo que ellos predecían, sino que los mismos políticos peperos se lanzaron a divorciarse con la alegría del que, a fin de cuentas, no ha tenido ética en su puta vida. Pero seguro que le habían comprado alguna bula a la ICAR, y lo que ellos hacían no era ni pecado, ni disolver la familia. A ver si va a ser que los obispos no tienen ni puta idea de lo que hablan, y por eso sus predicciones son como el papel higiénico usado, que navega cantarín por el conducto de desagüe, cumplida su misión de alivio temporal, pero sin dejar nada de valor ni duradero tras de sí. Eso va a ser, sí. Que son tan ignorantes como cínicos.

Aparte, por supuesto, del asombro que me causa la perspectiva de alguien que proclama ser acosado y perseguido, cuando es la opción mayoritaria. Es como aquel chiste de que 100 blancos matan a palos a un negro en Sudáfrica y alegan defensa propia. Dicen que el negro les rodeó. O sea: la mayoría de la población española es heterosexual, forma una familia más o menos convencional, y muchos se declaran más o menos católico – creyentes, en esa forma de insulsez blandorra y debilidad mental que es la religión para el 90% de los creyentes (los que no son de ese 10% que incluye a personas honestas que tratan de ser coherentes, o a tarados peligrosos). A pesar de eso, una pequeña minoría que no trata de imponer sus usos y costumbres puede acosar a una enorme mayoría que los aplastaría en cualquier referéndum, votación, o proceso democrático, por simple número. Qué cosas. Claro, es que, tal y como opina la ICAR, la homosexualidad es una enfermedad, y como tal, contagiosa. Eso va a ser.

Pero sigue Wyoming:

Los obispos se echan a la calle para defender una democracia por la que han luchado con denuedo a lo largo de la triste historia autoritaria de nuestro desgraciado país. Enemigos del quinto mandamiento, que prohíbe matar, lucharon contra Franco, el dictador que, puesto a dictar, dictaba penas de muerte como dios (es un decir), y le cubrían con un palio para que los rayos del sol no incidieran en su piel y muriera por falta de vitamina E. En su peligrosa tarea de traer la democracia a España, le hacían el saludo fascista para que se confiara y creyera que estaban de su lado.

Pena que lo de ponerle un palio no le provocara una avitaminosis. 

En esa labor clandestina de camuflaje, se veían obligados a disfrutar de los privilegios que les concedía el dictador, y a callar cuando su policía perseguía a los practicantes de otras religiones. Debió de ser duro. ¡Cómo le engañaron!

Imagino que la defensa de la democracia de la ICAR se refiere a las libertades de los católicos, pero tampoco hay que ser tan democrático con el resto de opciones, incluyendo la de no creer en gilipolladas sobrenaturales. Que Dios dijo hermanos, pero no primos. 

Siempre les creyó a su servicio mientras tejían en la oscuridad los mimbres que trajeron la libertad a los españoles. Por eso, no es de extrañar que se indignen cuando ven peligrar nuestra democracia.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar las decisivas contribuciones de la ICAR a la democracia durante la transición que fueron,… sí, como cuando,… esto…

Bueno, vale. 

Una pena que sólo acudieran 180.000 personas en lugar del millón y medio que dijeron al Papa que había allí. Pero bueno, las mentirijillas son pecados veniales. También mintieron durante los 30 años de dictadura por una buena causa. Entonces, como ahora, en defensa de la libertad.

Eso.

Oye, a lo mejor los obispos no son unos defensores de la democracia. A lo mejor lo que son es una mancha de chupacharcos.

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