Espòitu navideño

Ya, ya, ya. Ya sé que no es lo único que hay en estas fechas. Pero, admitámoslo, es lo único común a mucha (casi toda) la gente que estas fiestas tienen, al margen de si son ateos, cristianos, agnósticos (como entelequia inexistente) o cualquier otra cosa. La compra por compromiso, los estándares que hay que cumplir, los agobios y los regalos de última hora.

Ojo, y a mí la Navidad me gusta. Yo no tengo ninguna clase de odio hacia la Navidad, ni polladas parecidas. Otras fiestas religiosas (Semana Santa, te estoy mirando a ti) me parecen un vómito mental y una aberración psicológica, pero la Navidad es una buena idea en todo caso, venga la idea de donde venga. Una fiesta dedicada a estar de buen rollo, a intentar ser majo con otros y a empapuzarse de comer, beber, y hacer regalos, no puede ser tan mala idea.

Pero ahí está ese otro aspecto que es el que generalmente impera, y del que tenemos que ser conscientes. Y del que tenemos que salirnos, plantar los pies y decir cosas como:

“Este año sólo le voy a comprar regalos a quien realmente me apetezca, y sólo si me apetece en ese momento” (lo cual reduce al 10%, probablemente, el número de regalos que compras).

“No, no quiero ir a cenar y pasar toda la noche con toda esa gente que no me interesa. Como mucho, la cena y luego cada uno por su lado”

La de disgustos a medio y largo plazo que se ahorra uno.

¿Qué? ¿Que no es nuevo lo que digo? Ya, ya lo sé. Pero no siempre escribimos para ser originales.

Feliz Navidad a todos, en todo caso.

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