Esta historia es mentira, probablemente. El Cementerio de Ciudades de Khatyn existe, la foto es real. Todo lo demás me lo saco de la manga. La serie se llama Images & Words porque son historias construidas en torno a una foto, y por un disco de los Dream Theater. La foto (y las que vendrán) las he obtenido de Pizdaus.com, que es una joya.

Cementerio de ciudadesEl viejo pegó una calada al cigarro, aspiró largamente el humo y lo soltó entre toses.

– Qué bueno. No estamos acostumbrados a eso aquí. Es un tabaco muy bueno – su voz es el rascar de una pala contra la gravilla del suelo, al quitar la nieve.

Dejo el paquete en el banco, donde él lo vea. Quiero que sepa que hay más. Quiero que me hable. Que me cuente la historia.

A mi alrededor hay un cementerio sin gente enterrada. Hay espacios cuadrados con lápidas negras, y el nombre de un pueblo en piedra grabado en cada espacio. ¿Curioso, verdad? Como un cementerio para ciudades. La clase de cosa con la que yo me gano la vida, fotografiándolas y haciendo reportajes.

– Veo en su cara que no entiende mucho esto. – sonríe mientras aspira el cigarrillo como si yo se lo fuera a quitar.

– No, la verdad es que no. Vaya, sé que este cementerio conmemora las 185 aldeas que fueron completamente obliteradas por los nazis en la 2ª guerra mundial, y las 433 que barrieron pero luego reconstruyeron, de modo que se recuerde esos lugares. Pero ¿por qué no conmemorar a las víctimas? ¿Por qué sólo los pueblos?

Suspira. No me gusta. De repente me doy cuenta de que es tarde, y las sombras se alargan. El cielo es del color de una TV sintonizada en un canal muerto. Y hace frío de repente, demasiado incluso para Bielorrusia. No me gusta, y no sé por qué.

– A vosotros no os enseñan nada. Ni siquiera cuando el régimen acabó os enseñaron nada. Ni cuando los rusos se fueron. Es como si él no se hubiera ido nunca.

– ¿Qué? ¿De qué habla?

El viejo mira al cielo y se lo piensa. Sacude la cabeza, y saca de su gabán raído una botella de vodka muy por debajo de la línea de flotación. Ayuda a morir a lo que queda, y se gira hacia mí, aferrando la pala con fuerza.

“Cuando los nazis pasaron por Bielorrusia, arrasaron más de 5300 aldeas y pueblos. Algunas las llegaron a quemar hasta 5 veces o más. ¿Te has fijado en esa campana? Suena cada medio minuto, porque durante la guerra cada medio minuto moría un bielorruso. Al final de la guerra había muerto uno de cada cuatro de los nuestros.

Muchas veces han pasado cosas así. Este país ha visto mucho. Muchas veces aldeas han ardido con su gente dentro. Muchas tribus y países han pasado por aquí, y han regado la tierra con sangre. Pero nada comparable a lo que hicieron ellos.

Aquello fue… sistemático. Nos odiaban y odiaban la tierra en la que vivíamos, y era como si quisieran borrar que alguna vez habíamos existido. Y la tierra sabe, y la tierra se acuerda. Pasaban y volvían a pasar, cada vez más sucios, cada vez más flacos, cada vez más desesperados. Pero eso no les detenía. Acabaron matando a la gente a culatazos y a cuchillo, para conservar la munición.

La guerra acabó, y entonces pensamos que el Camarada Stalin reconstruiría las aldeas, y curaríamos heridas. Y eso era lo que los soviets pensaban.

Entonces las aldeas volvieron. Porque la tierra sabe, la tierra se acuerda.

Al principio eran luces y sonidos en el bosque. Los tramperos que pasaban cerca de donde estuvieron las aldeas veían cosas, oían cosas. Un día mi hermano Ilya no regresó, después de pasar cerca de Dozhinovo. Lo encontramos a la semana, congelado y con el terror en el rostro.

Las aldeas estaban volviendo, y las gentes volvían a nosotros. Por las noches las podías ver, y oír a la gente gritar. Cuando algo así te sucede, una parte de ti se queda ahí para siempre. Porque la tierra se acuerda. Los comisarios se reían de nosotros. Los que vieron algo en el bosque se callaron, porque era la época dura de las purgas, y en la Rusia de Stalin y Beria objetar significaba muerte. Pero no podían decirme por qué mi hermano Ilya murió.

El propio camarada Stalin vendría a supervisar la reconstrucción, nos decían. Debíamos estar preparados. Los camiones de obras llegaron, con un gran aparato de propaganda. Stalin no podía ir a cagar sin convertirlo en una celebración del triunfo de la Revolución. Todo sería aún mejor que antes y de las cenizas de Khatyn resurgiría un paraíso para nosotros, los campesinos y obreros. El Camarada Stalin y Lavrentiy Beria, su perro de presa en persona, llegaron con los obreros.

Esa noche, la noche antes de que se pusiera la primera piedra, los verdugos regresaron.

Uno no puede vivir ciertas cosas sin que una parte de ti se quede ahí para siempre. Dejamos trozos de nosotros en cada cosa: la primera vez que hacemos el amor con alguien, aquella vez que vimos morir a alguien querido, cosas así. Las víctimas no pueden irse, claro, porque la tierra recuerda, y recuerda a través de ellas. Pero los verdugos tampoco pueden. Una cosa tan vil, tan tremenda, tiene que dejarte ahí para siempre. Y los hombres del Einsatzgruppen B, conforme iban muriendo, iban regresando al lugar donde sus almas se quedaron clavadas.

El Camarada Stalin tenía insomnio, cuentan. Yo no sé que pasó esa noche, pero le vi salir a dar una vuelta con algunos soldados de escolta, para pasear por el lugar donde una vez estuvo Dhozinovo. Eso es como… 7 u 8 kilómetros de aquí. Iba a visitar a los obreros que vigilaban las obras.

Yo no sé qué pasó esa noche. Nadie lo sabe, aunque la gente hable, no les hagas caso. Nadie se habría acercado por ahí de noche. Pero sí hay quien dice que vio algo pasar por delante de la luna, y que oyo unso fuertes golpes, como los de un mazo de metal en un caldero de bronce. Ahí quien oyó gritos y disparos, como otras noches. Yo no sé de esas cosas.

Un poco antes del alba los hombres de Stalin lo encontraron con dos de sus guardaespaldas, en el linde del bosque. Nunca habló de lo que pasó ahí, creo que ni siquiera con Beria. A media mañana se anunció que, en realidad, el plan siempre había sido construir un mausoleo, el primero de muchos. Los arquitectos debieron estar trabajando a destajo. Así lo hacía Stalin, borrar algo por completo y pretender que nunca había existido. Construyó los cementerios de ciudades en vez de ciudades.

Y desde entonces, las aldeas no han vuelto. Sólo querían que se las recordara supongo. No sólo a la gente, también a las ciudades. La tierra quiere que se la recuerde.”

Estoy helado. Miro a mi alrededor y es casi de noche. El aire es más denso, más pesado. El jardinero me mira con tranquilidad.

Recojo el equipo y le dejo el paquete de tabaco. No quiero quedarme más tiempo aquí. El viejo murmura, mientras enciende otro pitillo. Algo acerca de cómo se olvida todo, y de construir urbanizaciones aquí, y de cómo están comprándose el país poco a poco, tratando de borrar todo lo que fueron los soviets igual que estos trataron de borrar a los zares.

No quiero pensar qué pasará si un día vuelven las aldeas.

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