Nunca vayas a IKEA diciéndote a tí mismo:

Sólo vamos a mirar los armarios para coger el ropero del dormitorio.

No tiene sentido engañarse a uno mismo, nunca. Al menos me consuelo pensando que, realmente, necesitábamos todo lo que compramos. Bueno, quizá podía haber pasado del neceser. Pero ya me había pillado la maleta que no tendré que facturar nunca, la mochila y el maletín del portátil, así que…

Pero lo demás lo necesitábamos. Sobre todo el cuchillo que corta. Dios, cuánto se echa de menos cuando no lo tienes.

Todas las casas tienen un cuchillo que es “el cuchillo que corta.” Es el que usas cuando hace falta trabajar de verdad. En la nuestra era un cuchillo de IKEA de chef, que – lo sé por experiencia – te rebanaba una uña sin esfuerzo. El caso es que hace poco, Rapun extravió el cuchillo en el trabajo, y en estos pocos días que han pasado la verdad es que he tenido ocasión de echarlo de menos en más de una ocasión.

De modo que anoche, entre otras cosas, pillamos un nuevo cuchillo que corta. Tiene el aspecto que tiene que tener uno de esos: perverso.

Estoy muy contento. Ah, y más o menos elegimos armario. O al menos, acotamos la gama de elecciones. El mes que viene, con un poco de suerte, mandaremos al peo el viejo Armario Horrible del despacho, y tendremos un armario de verdad en el dormitorio. Cosa que, hasta ahora, no había ocurrido, por extraño que parezca.

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