Un trilero colega de Pérez – Reverte va y dice acerca de una abuela de Chiclana a la que le dieron el timo de la estampita: 

Y en cuanto a los abuelos, añadió de pronto, qué quieres que te diga. Pensamos que los puretas, por la edad y las canas y la experiencia, son todos buenos, sabios y tal. Pero los abuelos son como los demás, colega. Pueden ser unos marrajos de mearse y no echar gota. Un delincuente, un estafador, un trilero, cualquiera que se busca la vida en la calle por necesidad o por vicio, puede ser, como te digo, un golfo o un obligao por las casualidades. Cada uno es cada cual, y ahí no me meto. Pero entre la gente que se llama decente, muchos lo son porque no tienen más remedio, o nunca tuvieron ocasión de tocar otro registro, o no tienen huevos para currárselo. Hasta que de pronto creen que salta la liebre, y que sale gratis. Ésta es la mía. Y claro. Se aprovechan. Pero no te hagas ilusiones, tronco. Lo mismo entre los jóvenes que entre los abuelos hay perros a punta de pala. Lo de sinvergüenza es una de las pocas cosas que no se quitan con la edad.

Me recuerda una cosa que nos explicaron como parte del material de acogida a los empleados de esta gran empresa de tiendas en la que yo curré: el ladrón más frecuente no es un ladrón habitual. Es una persona “normal”, que no delinque habitualmente, pero que advierte que un artículo fácil de birlar (una tarjeta de memoria, por ejemplo) está a mano mal protegido, y no hay empleados cerca. Creen que salta la liebre, y que sale gratis. Y así con todo.

Esto no pasa sólo al nivel del pequeño delito o el pequeño timo. La gente miente (mentimos) lo que puede y más a Hacienda. Curramos en negro. Pagamos en negro. Infringimos el código de circulación (que nos puede costar la vida). Así ad nauseam.

Luego llega alguna gente y me habla de imperativos morales universales y  de cómo hay normas comunes que los seres humanos nos sentimos genéticamente impulsados a seguir. Como, ya sabes, dictadas por… no sé… Dios. Yo miro a mi alrededor y veo toneladas de tiburones sin un verdadero sentido moral, refrenados sólo por el miedo al castigo en esta u otra vida (véase un efecto colateral de las religiones), y esperando sólo una oportunidad.

Y entonces noto un cosquilleo en los bajos y me dan ganas de reír.

(Motivado por discusión de cafetería, cortesía de Funcionarios Arreglando El Mundo Sin Fronteras).

Anuncios