En el subtítulo de este blog, después de cambiarlo mucho y dudar entre varios, acabé por poner una cita de Robert A. Heinlein, que para eso es uno de mis escritores favoritos. Concretamente de Tiempo para amar, que es una de sus mayores y más grandes obras. El tipo seguramente tendrá defectos, pero yo no los he encontrado aún. Y como está muerto, pues no me importa los que tuviera.

 

La cita traducida viene a decir:

 

 

Por supuesto que el juego está amañado. No dejes que eso te detenga – si no juegas, no puedes ganar.

Concebir la vida como un juego no es una idea que se me haya ocurrido a mí, ya lo sé. Pero a menudo vivimos bajo la ilusión de que este juego está gobernado por reglas imparciales, justas, e iguales para todos. Eso no es así. La vida es un juego amañado, aleatorio y muy sucio.

 

Es aleatoria: tu dotación inicial en muchas situaciones es aleatoria. En la mayoría de juegos, los jugadores empiezan en equilibrio, y con idénticas posibilidades de ganar. Esto no es así aquí. Además, no tienes garantía de que nada te prepare para las situaciones nuevas. Tienes que aceptar que hay mucha gente asquerosa que lo tendrá mejor que tú en algunos aspectos por puro azar. Pueden pasar toda clase de cosas aleatorias sin que tengas control sobre ellas.

 

Está amañado: cualquiera puede cambiar algunas de las reglas en cualquier momento, sin previo aviso. También puedes cambiarlas tú, al menos algunas. Esto es así porque no hay un árbitro que asegure su cumplimiento. Muchas de las reglas son simples convenciones entre los jugadores, y se tratan como tales. O sea, como algo volátil.

 

Es muy sucio: para nuestras modernas sensibilidades, está llena de sangre, sexo, lágrimas y cosas que preferiríamos no ver, pero que son parte de ello. Nos pasamos el tiempo tratando de hacer que esas realidades no están, o que no cuentan en el juego, pero ya ves si cuentan. A menudo se obtienen puntos y ventajas de ellas, te guste o no.

Al final, en cierto sentido, todos perdemos. Nadie acaba el juego mejor que nadie. Todos vamos al mismo lugar, da igual lo bien que hayas jugado. Todos los puntos que hayas acumulado van al mismo sitio. De hecho, no hay un premio definido.

En cualquier situación, un jugador a un juego de estas características le pegaría una patada al tablero y lo mandaría a tomar por culo, diciendo algo como “Este juego es una mierda, y no juego más.” De hecho, hay gente que lo hace. Una enorme cantidad de gente.

O uno puede jugar, y jugar a ganar. Porque una cosa es clara: puedes tener todas las probabilidades en tu contra, pero desde luego si no juegas, no ganas, 100% seguro. Si juegas, nunca las vas a tener peor que un 99% en contra. Y la inteligencia, la determinación, y una voluntad firme pueden darle la vuelta a muchas circunstancias adversas. A veces la vida te da sorpresas, a veces se las das tú a ella.

El que a mí me guste mucho esta postura vitalista de R. A. Heinlein no implica que esto sea un mensaje en contra del suicidio, ni ninguna carajada por el estilo. En primer lugar, porque creo que cada uno tiene el derecho inalienable (y es de los pocos derechos en los que creo realmente) de dejar de jugar cuando se harta. En segundo lugar, porque hay que admitir que, incluso jugando de la mejor manera posible, la vida te puede poner en unas circunstancias tales (por esa misma aleatoriedad) que decidas que el juego ya no te gusta, y te retires de la mesa con las ganancias que te quedan.

En esto, como en otras muchas cosas, importa el premio final. Lo malo es que el premio lo decides tú. Hay que tener mucho cuidado con eso.

 

 

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