La Diosa AretéY dijo Dan Simmons en Ilión II: La Rebelión (cap. 47):

 

– El areté es simplemente la excelencia y la búsqueda de la excelencia en todas las cosas – dijo Odiseo -. El areté simplemente significa el acto de ofrecer todas las acciones como un tipo de sacramento a la excelencia, de dedicar tu vida a la búsqueda de la excelencia, identificándola cuando se ofrece, y consiguiéndola en tu propia vida. […]
– ¿Cómo se puede conseguir la excelencia en todas las cosas, Maestro? ¿Por qué querría uno hacerlo? Parece terriblemente agotador. […]

– No se puede conseguir la excelencia en todas las cosa, amigo mío, pero hay que intentarlo. ¿Y cómo podrías no quererlo?

– Pero hay tantas cosas por hacer… – rió el hombre grueso -. No se pueden practicar todas. Hay que tomar decisiones y concentrarse en las importantes. […]

– Sí – dijo Odiseo -, pero insultarás todas esas acciones si no honras el areté. ¿Comer? Come como si fuera tu última comida. ¡Prepara la comida como si no hubiera más comida! ¿Sacrificios a los dioses? Debes hacer cada sacrificio como si las vidas de tus familiares dependieran de tu energía, devoción y concentración. ¿Amar? Sí, ama como si fuera lo más importante del mundo, pero haz que sea una sola estrella en la constelación de excelencia que es el areté.

Esta idea se halla presente en otras culturas diferentes a la griega y a priori no influidas por el mundo griego, y la llamarán de otro modo, probablemente. Pero esta es la descripción que más resuena conmigo, porque muchas cosas del mundo griego resuenan más conmigo que cuando vienen del Lejano Oriente o de otros lugares. Es, en todo caso, un digno ideal. A Odiseo le parecía lo bastante digno como para suplicar el favor de la diosa Areté de rodillas, como vemos abajo.

Odiseo pidiendo un favor a AretéAreté es un término que puede aplicarse a cualquier cosa: podemos hablar del areté de un caballo como del areté de un hombre. La palabra denota el pleno y perfecto cumplimiento de un propósito o una función. Las cosas inanimadas tienen areté, como una espada o una chimenea. Los dioses tienen areté, dado que son perfectos en sus funciones y habilidades, y pueden infundirlo en un mortal dándole enormes capacidades (con Aquiles su mamaíta se quedó en la gloria, por ejemplo). La raíz de la palabra es la misma que la de aristos, “habilidad superlativa o superioridad,” de donde viene la palabra aristocracia que significa “el gobierno de los mejores.” Ya, ya sé que luego la realidad no es así (mirad a los Borbones), pero tampoco el concepto medieval de aristocracia tiene mucho que ver con el concepto griego de aristocracia. Prudentemente, los griegos mantenían a sus dioses apartados de eso.

El conflicto (agón) es básico para los griegos. El conflicto es la medida de las cosas. Las cosas se comparan en conflicto continuamente, y establecen su lugar, pero hablaremos luego de eso. Por ello, para los griegos, el areté exige que nos esforcemos por la excelencia en cuanto hacemos, aunque no lo alcancemos. Porque el agón es lo que nos ennoblece, al margen de si otros tienen más areté que nosotros en un área o en una tarea. Los otros son el listón que tratamos de saltar, pero como el atleta olímpico que hace salto de altura, sólo compites al final contra tí mismo, contra tu propia capacidad. Dada la importancia que el valor militar y la fuerza tenían para los griegos, no es extraño que una de las mayores expresiones del areté se diera en el combate, en la forma de la aristeia, el duelo singular entre dos héroes. La Ilíada está llena de estas escenas, en las que incluso los combatientes de alrededor se detendrán para contemplar el combate, porque son conscientes de que presencian algo trascendente. Porque el que se enfrenta siempre es noble, aunque pierda. Sólo te deshonra el rechazar la oportunidad de ponerte a prueba.

Una idea importante que saco de aquí es: dado que, al final, no hay nadie más contra el que competir que tú mismo (porque el que otro tenga un mayor areté que el tuyo no resta valor a tu esfuerzo), no hay excusa para no intentar ser mejor. No hay excusa para la complacencia, para el miedo, o para no atreverse a algo. Son elecciones de cada uno, y pueden ser válidas, lo que no hay es excusa. No vale decir “No voy a hacerlo porque no tengo ni idea/ seguro que lo hago fatal.” La virtud del areté está en el esfuerzo por la excelencia más que en esta, porque si no la buscamos incansablemente, nunca la hallaremos.

El areté es una de las ideas centrales (si no la más central) de la paideia, el proceso formativo por el que un niño se convertía en hombre en el mundo griego. Después de leer sobre el areté en la novela de Simmons, decidí aprender más sobre el concepto, y en ello estoy. Gracias a Equécrates, Rapunzell supo de un libro llamado Paideia de un helenista alemán llamado Werner Jaeger, y que es la obra cumbre sobre el pensamiento griego, examinando esa paideia, ese proceso de formar a los niños en hombres, que incluía desde la forma física, hasta la espiritual, pasando por el ejercicio mental. Al hablar de esto no puedes evitar analizar el pensamiento griego entero, y Rapun, bendita sea por su enorme interés en todo lo que tiene que ver con la educación, se lo compró, y está aún trabajando en ello. Digo que “está aún” porque el librito es denso de cojones. Pero de cojones. Incluyendo sus pertinentes citas y palabras en griego (en alfabeto griego) sin traducir. Pero vamos poco a poco. Y cómo no, el primer capítulo trata sobre la areté, que es por lo que yo hoy hablo de esto.

Otro día hablaremos más del agón. Y otro día hablaremos también de lo bueno que es Dan Simmons, y por qué hay que leerlo más. Pero eso otro día.

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