Hace tiempo, tuve mi primer paciente neuropsicológico. Un paciente neuropsicológico es un paciente cuyo problema procede de una lesión cerebral. Sí, los psicólogos trabajamos en la rehabilitación de esos pacientes, ya ves. Lo llamaremos Serafín.

Serafín era estudiante, no importa mucho de qué. Tuvo un accidente con la moto, y sufrió lesiones cerebrales. Lesiones importantes. Entre otras cosas, olvidó cómo hablar. A eso se le llama afasia. En realidad el diagnóstico era de afasia transcortical motora con sintomatología concurrente de Broca, pero no vamos a entrar en honduras. El que quiera saber, que se compre libros. Baste con decir que Serafín perdió casi por completo la capacidad de producir lenguaje, aunque la comprensión la tenía bastante preservada. Además tenía síntomas motores, paresia (debilidad muscular y parálisis leve) en el lado derecho y tal, y algunos problemas leves de memoria. Las neuroimágenes del chico eran para verlas.

Cuando cogí a Serafín como coterapeuta, llevaba ya un año con J., una de las dos especialistas en neuropsicología del gabinete. Como suele ocurrir si el tratamiento empieza pronto, había hecho bastantes progresos, pero le quedaba. Yo estuve con él un año, hasta que le dimos de alta. Paradójicamente, hablamos mucho. Sobre todo él, porque tenía que obligarle a hablar lo máximo posible. Para mí no era difícil ni pesado. Me fascinaba su caso.

Me fascina porque soy una persona extremadamente verbal. Vaya, que rajo por los codos. Y escribo. La incapacidad para hablar y que se te entienda, cuando eres capaz de entender casi todo lo que se te dice, se me antoja algo alienígena y terrible. Sabes lo que quieres decir, eres capaz de representarlo en tu mente, pero no sale por tu boca. Crees que sabes lo que quieres decir, pero no sabes.

Serafín me lo describía diciendo que tienes que aprender el lenguaje de nuevo. Como si fueras un niño, pero es mucho peor porque no te acuerdas de lo difícil que era cuando eras niño. Es muy difícil porque tus asunciones sobre lo que sabes y no sabes hacer te entorpecen, hacen que cometas errores y traspiés. Crees que sabes y no pones cuidado. Y además, no te puedes escudar en que los demás no te comprenden. Esta vez, es cosa tuya.

No te hace falta tener una lesión cerebral para que no logres hacerte entender. Es una cuestión de expectativas y asunciones equivocadas. Y eso pasa mucho, sobre todo cuanto más cerca estás de alguien. Eso me pasa a mí. Hay cosas que sobreentiendes porque “nos conocemos muy bien,” porque “sabemos” lo que el otro quiere decir, porque leemos entre líneas. Y hay cosas importantes que no decimos, y que deberíamos decir. Porque “eso no hace falta decirlo.” Porque somos muy listos.

Pero sigo teniendo el hábito de tratar de ver la realidad como es. Me alejo de ello, me dejo cegar en ocasiones, pero lo intento. Y es evidente que, en ocasiones y en ciertas relaciones, mi elocuente y fluido verbo no comunica lo que debe. Sé lo que quiero decir. Sé lo que quiero significar. Pero no sale. Sale algo diferente, quizá muy parecido, pero no es eso.

El abanico de opciones es limitado en estos casos, claro. Los neurólogos el clínico de San Cecilio lo habían dado por perdido, claro, como siempre. Serafín pudo dejar la carrera, y pillar alguna clase de pensión o algo. Tenía excusas. Todas. No puedo comunicarme, chico, tengo el cerebro roto. Qué se le va a hacer. Serafín pasó 6 meses para poder construir frases sencillas, y eso que al principio los progresos son más rápidos y marcados. Pues eso: lo he intentado mucho, y fíjate.

O puedo hacer como Serafín hizo. Apretar los dientes, y volver a juntar sujeto y predicado, aunque sea con chicle. Volver a aprender poco a poco que rojo es el ruido que designa al color de la sangre y algunas flores. Juntar la m con la a, por más que tengas un edad en la que eso parezca hasta vergonzoso, porque tienes casi un título superior y estás con algo que es como una cartilla Rubio. Repetir una y otra vez, hasta que te comunicas.

Gracias, Serafín, por el ejemplo.

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