Se titula como un post del Capitán Napalm, pero no tiene nada que ver. Las grandes mentes, y todo eso.

Los seres humanos queremos un hogar. Queremos control, estabilidad, queremos saber que las cosas seguirán ahí al día siguiente, más o menos como las dejamos al acostarnos. Queremos contar con que la gente a nuestro alrededor seguirá siendo como es, seguirá más o menos en el mismo lugar y que no cambiará más rápido de lo que nosotros podemos adaptarnos. Y así con todo. Es un deseo natural, y esa necesidad de control y hogar es la que nos ha llevado a tratar de conocer nuestro entorno más y más, a buscar entornos mejores, y finalmente nos ha traído aquí.

Mucha gente lo consigue, o cree que lo consigue, al menos la mayor parte del tiempo. Otros no tienen esa situación, bien por libre elección, bien porque las circunstancias de la vida les llevan a elegir no tenerlo (aunque se puede argumentar que, al final, todas las elecciones son libres), o bien porque las circunstancias lo impiden: si vives en San Francisco en 1906 y un terremoto lo arrasa, esto no tiene que ver con tus elecciones. Pero el caso es que no tienes hogar, tal y como lo conociste. Sin embargo, en la mayoría de las veces tiene que ver con lo que eliges.

Dicen que cuando te vas, no puedes volver. Quizá sea verdad. Cuando te marchas de un sitio y vuelves, puedes sentirte cómodo, pero “cómodo” no es el hogar. Al irte, aunque sea por un tiempo, aunque no te des cuenta, dejas un vacío, y la naturaleza detesta los vacíos y los llena en seguida, con lo que sea. De modo que vuelves a un lugar que es como lo recordabas, la gente se alegra de verte, pero ya no es tu sitio como lo era. Y muy probablemente, desde ese momento seas forastero en tierra extraña por mucho tiempo.

En la novela de Heinlein, el protagonista es Valentine Michael Smith, un humano hijo de la primera expedición a Marte, que ha sido criado por los marcianos. Cuando el gobierno terrestre descubre su existencia, solicita a los marcianos que le permitan volver a la Tierra y ellos acceden. El gobierno encierra a Michael en un hospital porque quieren que Michael, como heredero de la fortuna de sus padres y último miembro de la expedición, les transfiera cualquier posible derecho que tenga sobre suelo marciano.

Para abreviar, Michael escapa de allí y empieza a interactuar con sus congéneres y su planeta de origen (bueno, el de su especie). Como es lógico, al principio no entiende nada. Trata de adaptarse y no puede. Pero no puede volver a Marte, porque ha sido cambiado por la Tierra. Cuando decide que más o menos entiende cómo pensamos el resto, decide hacer algo para cambiarnos, y monta una religión. El resto es historia, leed el libro.

Michael no es de allí, de Marte. Tampoco es de la Tierra. Pero consigue solventar esa contradicción fundamental, mucho antes del final del libro, que no desvelaré. Leed el libro.

Antes o después, siempre puedes volver a ser forastero en tierra extraña. Cualquier cosa puede hacer que las viejas señales dejen de ser familiares, que lo que antes reconocías como tuyo deje de serlo. Y en ese caso tienes, como siempre, varias opciones. Puedes echarte al monte y largarte, por supuesto, esa opción siempre está ahí y es válida. Cuando lo has hecho una vez, puedes hacerlo las veces que te haga falta, por más que a veces te de pereza.

Puedes tratar de acomodarte y aprender de nuevo a considerar ese lugar y esa gente como tu hogar. Y también es una opción válida, y requiere más o menos el mismo esfuerzo que la anterior. Sólo es cuestión de ajuste.

Puedes deprimirte, lamentarte y adoptar una pose a lo Cumbres Borrascosas, clamando contra el mundo cruel e indiferente. No voy ni a empezar a hablar de lo que pienso de ello, y menos ahora.

Pero todo eso es un parche, al final. Ninguna de esas opciones te mantendrá en el hogar para siempre. Porque el hogar eres tú. El hogar es ese sitio delimitado por tu propia piel, de ahí para adentro. Ese es el sitio que nunca te faltará, donde nunca estarás desplazado, donde todo estará donde lo dejaste. Quizá haya excepciones, pero la verdad es que si tienes una demencia senil o similar, estás jodido de todos modos, así que no contaremos los casos en los que tu cuerpo te traiciona.

Si recuerdas esto, nunca tendrás que ir arrastrando las maletas de acá para allá, buscando tu lugar. Al menos no las maletas que pesan más. Donde vayas estarás en casa, donde estés y con quien estés. Y especialmente cuando estés solo.

Es bueno volver a casa.

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