Cuando mi padre reía era un alud descendiendo por la ladera de una montaña, era una tormenta que se estrellaba contra los picos arrastrando la ventisca. La risa de mi padre hacía temblar a los dioses, acurrucados en sus polvorientos salones de huesos.

El acero tarda en ponerse al rojo. Es una hoja larga, muy larga, enorme a mis ojos de niño. Una y otra vez el acero es fundido, una y otra vez es vertido en el molde. Una y otra vez.

Mi cabeza martillea al son del yunque, mientras mi padre le saca su canción a golpes. La canción reverbera en mis huesos mientras miro el yunque, donde las chispas vuelan como estrellas derribadas del cielo por los titanes, golpe, exhalación, pausa, inspiración, golpe, exhalación, pausa, inspiración, golpe, exhalación.

El acero canta en mis venas y me llama, con su voz profunda y vibrante. Mi padre aparta la hoja del yunque para sacarla a enfriar y extiendo la mano, toco la hoja antes de que la aparte. El acero muerde la mano, la carne se quema y el olor repugnante me llena la nariz a la vez que los ojos se llenan de lágrimas. Mi padre me agarra con un brazo mientras sostiene la hoja con la otra mano y nos lleva en volandas afuera, a la nieve que se apila fuera de la tienda. Arroja el acero a la nieve, donde se clava entre nubes de vapor, y hunde mi mano en el frío. Sólo oigo mi grito, sólo existe mi grito en el mundo, pero creo oír un siseo donde mi mano está enterrada.

Mi padre saca mi mano de la nieve, la mira y sonríe. Me acaricia el pelo y entiendo que no pasará nada, a pesar del dolor. Mira a mi hermano mayor, que estaba ayudándole en la forja y grita:

– ¿Has visto? ¡El brazo de mi hijo será forjado como el acero, en fuego y nieve! ¿No ha de ser un buen presagio? ¡Fuerte como una espada!

Me abraza con fuerza y me susurra al oído:

– No tengas miedo del dolor, hijo mío. Aprende de él, pero no lo temas. El dolor es una ilusión de los sentidos, que te enseña sobre el mundo, pero que sólo es una ilusión. El miedo es una ilusión de la mente, una ilusión que apartar para llegar a aquello que tu corazón desea. Recuerda: el acero es fuerte, pero eso es una ilusión. El acero es tan fuerte como el brazo que lo maneja.
Trato de sonreírle, y al ver eso mi padre se ríe, y la ventisca me lleva lejos del dolor.

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Con cuidado, grabamos runas en las hojas. Duras, implacables, cortantes palabras, palabras para herir y matar, para lacerar los corazones y las piedras. Porque las palabras tienen poder, porque son un soplo del aliento de los dioses en la creación del mundo, porque las palabras nombran las cosas, y cómo llamamos a las cosas las cambia, define lo que son. Por eso hay que grabarlas con cuidado en la hoja. Para que la hoja sea lo que tiene que ser.

Miro mi mano, y han pasado años ya. La quemadura es una vieja cicatriz. Se quedará conmigo para siempre, igual que lo que me enseñó el dolor. A su manera, son runas grabadas en mi carne.

Con cuidado, grabamos las runas en el acero frío.

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En la batalla, hallamos a aquellos a los que llamamos hermanos. El dolor y la sangre derramada separan a tu hermano del que no lo es, dan nombre a aquello que no lo tiene. En el fuego y el martillo de los enfrentamientos nos forjamos juntos. Lo que es débil se rompe. Lo que es fuerte se templa, una y otra vez.

Con cuidado, grabamos runas en nuestra carne para recordar eso. Para ser lo que tenemos que ser. Con manos temblorosas por el vino, en tabernas llenas de gritos de guerreros borrachos de vida y de miedo, con acero frío, grabamos las runas en nuestra carne.

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Los cuervos se ceban hasta donde mi vista alcanza, bajo un cielo sombrío y oscuro. El sol se pone. No puedo moverme más, no puedo cargar más lejos el peso de mi hermano. Gemidos de dolor de los heridos y moribundos, y graznidos de cuervos son el coro que acompaña al canto del río. Ha sido una gran batalla. Hemos perdido.

Mi respiración es un silbido espasmódico, un trozo de madera y acero clavado en mi pecho. El astil de la flecha está roto, pero la punta sigue ahí. Buscando. Mi hermano yace junto a mí, las piernas en el río. En su pecho florecen saetas. Pero respira aún.

Miro mi mano y la quemadura, que me recuerda lo que el dolor enseña, y oigo reír a mi padre por encima de las voces de los que agonizan. Miro las runas en mi carne y en mi hoja, que me recuerdan lo que soy. Y no hay elección posible.

Con jirones, unas brasas en mi caja, algo de aceite y trozos de madera de lanzas y flechas enciendo un fuego. Mi pecho arde, pero el dolor es una ilusión de los sentidos. No importa, nada tiene que enseñarme aquí. Verán el fuego y vendrán. No importa. Avivo la llama con el aliento que me queda, y mi sangre salpica el fuego entre siseos. No importa.

Dejo que el cuchillo se caliente en la llama. La sangre de la hoja chisporrotea. Oigo voces en el viento. Se acercan.

El acero no está al rojo. Tendrá que bastar. Hundo con cuidado la hoja en la carne de mi hermano, buscando las puntas de flecha. La carne sisea, como cuando fui niño. Poco a poco, las puntas salen, dejando rojas runas de recuerdo.

Ya puedo verles entre los árboles, buscando, rematando. Mi hermano no luchará hoy. Miro el trozo de madera en mi pecho, noto el ruido al respirar.

Miro mi mano y la quemadura, que me recuerda lo que el dolor enseña, y oigo reír a mi padre por encima de las voces de los que agonizan. Miro las runas en mi carne y en mi hoja, que me recuerdan lo que soy. Y no hay elección posible.

Dejo que el cuchillo se caliente en el fuego. Lo han visto, han visto el brillo entre los matorrales de la orilla, en el crepúsculo. Vienen.

Cojo el cuchillo y dirijo la punta hacia mi pecho. El acero está al rojo.

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