El día 17 salió a la venta la última obra recopilada de J.R.R. Tolkien, bajo el título “Los Hijos de Húrin,” obra que se centra en ese personaje que apareció en el Silmarillion, y en sus hijos, el más famoso de los cuales es Túrin Turámbar, que se hizo famoso por, entre otras cosas, matar al primer dragón de fuego de la Tierra Media, y a más gente que no debió matar. Una historia dura, trágica, y que además viene ilustrada por Alan Lee (al que ahora se le nota mucho, en el buen sentido, el pedazo de trabajo que hizo para la película). Podéis ver aquí un tráiler del libro usando esas mismas ilustraciones.

Lo curioso es que uno de los nietos de Tolkien, Adam, que hizo una presentación en Picadilly junto con Alan Lee y unos cuantos tíos vestidos de orco, acabó por decir esto (traducido por mí de este artículo):

Al preguntarle por cómo se siente acerca de la publicidad que el trabajo de su abuelo ha generado con los años, Adam dice que le hace sentirse “triste.”

“Todos hablan de la marca, la franquicia y las películas,” dice. “La gente obviamente olvida que hay un hombre tras eso, que lo escribió por sus razones, y que los libros son maravillosos.”

“Ciertamente no me siento infeliz con el éxito que ha tenido, pero es una pena que deba convertirse en una marca. Es una obra de arte.”

Bueno, Adam, si la obra de tu abuelo fuera sólo una obra de arte tú no estarías rodeado de tipos vestidos de orco en una librería. El hecho es que la familia Tolkien al completo ha convertido su obra en una marca. No sé por qué hablas de ello en tercera persona, como si hubiera sido una fuerza desconocida ajena a vuestro clan.

Pero por otro lado, lo entiendo. El conoció a J.R.R. Tolkien, y una y otra vez se encuentra con que a nadie le importa la persona. La persona, para muchas de esa gente que se agolpa para comprar el libro, no existe, no importa. A lo mejor a Adam le gustaría hablar de cómo su abuelo les contaba cosas, o de esta o aquella manía tan entrañable que tenía, o de aquella vez que les hizo un regalo especial. Pero aunque la gente le escuche, no les interesará. Les importa más si tal personaje tenía el pelo rubio en la primera versión del borrador, o si en élfico una palabra se acentúa o no.

Debe ser una sensación curiosa y terrible, la de encontrarte con que alguien cercano a tí se ha transportado a otro planeta, y ha dejado de ser un ser humano para transformarse en otra cosa, una especie de icono religioso que es adorado, pero no por quien fue, sino por lo que hizo.

Como si la suma de lo que somos fueran nuestros hechos. Por esa misma regla, la mayoría de nosotros no seríamos nadie. No me gusta mucho.

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