Será la primavera, o no sé lo que será, pero el caso es que Barbián (mi gato) lleva unos días bastante salido, lo cual no deja de tener su mérito si consideramos que lo capamos hace ya un tiempo considerable. Pero el caso es que cada vez que llego a casa me encuentro tiradas por el suelo unas mantas que habitualmente usamos en el sofá, echas un guiñapo, y con las que en alguna ocasión hemos sorprendido al campeón mientras se daba un homenaje.

Es bastante desconcertante, la verdad. La primera explicación que se me ocurre es que hay algún núcleo cerebral que le dice a mi gato que es la hora de salir a mojar el churro, al margen de que sus gónadas ya no estén ahí. Como la Beba (mi gata) no está por la labor de jugar a los médicos con el Barbián, y demasiado es que juega con él de vez en cuando, imagino que el Barbián ha tomado el camino de la autosatisfacción más cómoda. Después de todo, la manta no se va a revolver y arañarle la cara en mitad del tema. Tampoco hay que perseguirla.

Si alguien entiende más de gatos y quiere darme una respuesta, es bienvenido. Yo sé que la castración en seres humanos no extingue necesariamente el impulso sexual, sólo lo atenúa. Lo que me sorprende es que, aún teniendo un impulso atenuado, lo satisfaga con una manta y no con una gata que tiene a mano.

Por otro lado, se me ocurre que las mantas están impregnadas del olor de Rapun y del mío, y entonces decido no darle más vueltas al tema.

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