Tengo la sensación de estar viendo morir un dinosaurio, un animal de épocas pasadas a quien ya le queda poco tiempo y que vive sus últimos días sabiendo que tras él no vendrá nada. El animal en cuestión es una forma de trabajar, de entender la vida, que está desapareciendo ante mis ojos, y que veo con cada curso que doy con este cliente que me ha traido a Santiago. Este cliente se llamó una vez Renfe. Ahora se llama (al menos en parte) de otro modo.

Es sorprendente cómo a veces nuestra evolución social y de costumbres mimetiza a la evolución de las especies, pero con el ritmo acelerado a un 2000% o más. Al igual que pasó con los dinosaurios, esta forma de trabajar (la de las grandes empresas estatales en las que uno entraba de joven hasta que se moría) parecía que reinaría suprema, que nada podría desafiarla. Pero en el espacio de apenas una generación (los trabajadores a los que he impartido el curso podrían, en muchos casos, ser mis padres), esa idea se tambalea y se desmorona. Como el meteoro de la historia, la nueva forma de trabajar, el neoliberalismo a ultranza, disfrazado de centro derecha o de socialismo descafeinado para no asustar al votante aborregado e idiota, ha aterrizado y ha arrasado con una forma de vida para sustituirla por otra. No entro en valorar si eso es bueno o malo, no creo que en la evolución esos terminos sean aplicables. Me limito a constatar los hechos como los veo.

En una empresa como mi cliente, muchos entraron con 16 años, desde la escuela de aprendices, el ejército, y sectores similares. Desde el momento que entraron, sabían que su vida laboral se daría íntegramente allí. No tendrían que ocuparse de buscar trabajo, ni de incdrtidumbres, ni de nada. Venían a menudo de familias dedicadas a lo mismo. En un curso anterior, cuando nos presentábamos, uno de los alumnos me dijo orgulloso que tenía 5 generaciónes de ferroviarios tras él, y que su familia había estado ligada a Atocha prácticamente desde que se construyó. Siempre hubo al menos uno de ellos allí. Seguramente será la última generación.

Una de las teorías sobre la extinción de los dinosaurios (además de la del cataclismo del meteorito) hablaba de que quizá los primeros mamíferos se alimentaban de los huevos de los dinosaurios, muchos de los cuales no podían evitar esto porque dichos mamíferos eran simplemente demasiado pequeños y rápidos como para ser percibidos. De este modo los dinosaurios se extinguieron porque muchas de sus crías no llegaban a nacer, devoradas desde abajo por los mamíferos dejando una cáscara vacía que era incubada sin dar fruto jamás. No se adaptaron lo bastante rapido y desaparecieron en un lapso de tiempo muy corto (a escala evolutiva, claro).

Ayer tomando café en el almuerzo, uno de los alumnos, un tipo estupendo y divertido, me decía con algo de pena que había ya cosas por las que no valía la pena hacerse sangre. “Somos el punto de inflexión entre lo que una vez fue el ferrocarril y lo que los gestores quieren que sea en el futuro. Cuando nos prejubilen, no vendrán más como nosotros. Pero el problema es que los gestores son gente que viene de donde nosotros, y en el fondo tienen las mismas ideas que nosotros. No son gente nueva para tiempos nuevos: son la gente de antes tratando de cambiar. Veremos dónde queda eso.”

Quizá tenga razón. Quizá no la tenga. Pero entre tanto, yo observo y veo cómo desaparece poco a poco una forma de vida que cuando yo era niño se daba por supuesta. La misma forma de vida que alimentaba a mi padre y que desaparecerá cuando se jubilen o desaparezcan de la banca los últimos de la generación de mi padre. No entro en si es bueno o malo: la evolución no entiende de esas cosas. Los cambios son cambios, no tienen esa cualidad cuando hablamos a esa escala. Pero me fascina ver cómo ese cambio pasa tan desapercibido para muchos, un proceso tan enorme y de tales ramificaciones. Yo sólo puedo sentarme, y mirar a los últimos dinosaurios vivir sus últimos días mientras el sol se pone para ellos.

Por lo demás, Santiago es un lugar especial. Me estoy maldiciendo bastante por no haber traído la cámara: hace dos noches, un amable cosectario (gracias Pedro, por la visita) me sacó de vinos por Santiago con la que estaba cayendo. Nos pusimos como sopas, claro, porque con el temporal el agua caía de lado, y los paraguas se rompían y saltaban en trozos (por suerte el que yo llevaba sobrevivió, pero no sirvió de mucho). Pero vimos la Catedral de noche, iluinada por los focos y barrida por la lluvia, cubierta de un verdín por todas partes que daba la sensación de que éramos exploradores que habíamos topado con los restos de una ciudad perdida. Nadie por la calle, y nosotros mirando como tontos todo aquello, calándonos de asombro (él nunca había visto la catedral así, yo menos aún). Qué sitio tan extraño era aquel. Y luego nos quitamos el frio a base de Albariño en una taberna.

Ahora estoy en un tren y vuelvo a casa, en un viaje muy largo y pesado, loco por ver a mi chica y mis gatos. Pero no dejo de pensar en cuántas cosas que damos por sentadas, cuántas formas de vida que pensamos eternas, cuántos valores que creemos indestructibles, habrán desaparecido para cuando mis hipotéticos hijos tengan edad de preguntarse estas cosas. Mejor experimentarlas y verlas antes de que sólo queden sus ruinas y sus esqueletos.

Y para despedirnos de buen rollo, una canción de un chico al que algunos llaman el nuevo Freddy Mercury, cosa que a mí me da repelús. Pero el chico merece un pase, desde luego, y francamente, me parece más fan de Queen que yo mismo. Juzgad vosotros, pero voz, letra y estilo… Qué buen rollo me da, cojones.

Anuncios