Últimamente escribo poco por aquí (salvo los comentarios de los trolls y eso). Es que esto es un no parar. Rapunzell está igual, aunque ha roto su silencio bloguero para una plastoserie, con sólo 2 meses y medio de retraso. Y qué voy a decir, yo estoy igual.
Es bueno, claro. Implica que estamos de curro hasta arriba. Y es algo que se debe a que lo hemos hecho bien, muy bien. Pero es un poco agotador, a veces, porque pasas de 0 a 100 continuamente, y es un baile. Estas dos próximas semanas van a ser de órdago para mí, incluyendo viajecito a Santiago de Compostela a dar cursos. 7’5 horas de Talgo en cada sentido: es lo que tiene trabajar para este cliente, vas en tren sí o sí. Afortunadamente, y con ayuda de mi chica, todo ha acabado saliendo. Sólo queda ejecutarlo y enviar las facturas.

Por lo demás, la vida sigue. Una nueva andanada de trolls ha aparecido a quejarse de que alguien que no conocen se mete con sus gustos, los gatos siguen con su vida (el Barbián se ha puesto enorme, la Beba está un poco pachucha estos días), y sigo aprendiendo cosas sobre el mundo. Estoy (entre otros) en un proyecto que me va a enseñar mucho sobre cómo un directivo idiota puede coger una empresa en la que muchos se matarían por entrar, y acabar teniendo una rotación de más del 50% de la plantilla anual. Es irónico, teniendo en cuenta que hace un tiempo traté de entrar en esta misma empresa como psicólogo. Visto lo visto, de la que me he librado.

La relación con un jefe no es la misma que con un cliente. Y quizá eso es lo que más valoro de trabajar como freelance. Porque hablo con los trabajadores, les veo sangrar por las encías por las mamonadas de este tipo, y respiro aliviado porque a mí no me puede hacer eso.

El trabajo por cuenta ajena tiene un enorme inconveniente: si todos tus huevos están en la misma cesta, el dueño de la cesta puede tocártelos mucho. El hecho de que tu bienestar económico, tu subsistencia o lo que sea, dependa de esa persona, genera una relación que no puede ser sana, a no ser que el dueño de la cesta sea una persona muy sana. Mi experiencia es que para ser empresario en este país es costumbre golpearse primero la cabeza contra la roca más sólida y puntiaguda que pueda hallarse en la vecindad, después de haber consumido ingentes cantidades de alucinógenos. Así que es probable que no sea una persona sana: de hecho, lo más probable es que no sea una persona.

A veces es difícil que esa idea penetre a través de la gruesa y estúpida corteza cerebral de alguno de ellos. La mayoría suelen ser conscientes de que no son tu jefe, pero no todos. A veces hay que sentarse tranquilamente y explicar que:

  • el experto eres tú. La labor del cliente es decirte qué quiere conseguir, y tú lo harás de la manera oportuna. No necesitas que nadie te diga lo que tienes que hacer. En tanto obtengas el resultado deseado en los plazos acordados, funcionas solo. No quiero que me expliques cómo hacer una entrevista de selección, soplapollas.
  • no recibes broncas. De ningún tipo. Si hay algún desacuerdo, está bien hablarlo. Pero yo no recibo tus broncas, porque no dependo de tí.
  • si algo va mal, lo digo, porque no tengo que temer que eso me cueste el puesto. Si tú quieres engañarte, es tu problema.

A veces hay que explicarlo, pero es muy gratificante cuando consigues hacerlo detalladamente.

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