El Obispo me ha enviado esta cita de H.L. Mencken por mail:

. . . incluso un hombre supersticioso tiene ciertos derechos inalienables. Tiene derecho a albergar y disfrutar de sus imbecilidades tanto tiempo como desee, siempre y cuando no trate de inflingirlas a otros hombres mediante la fuerza. Tiene derecho a debatirlas y defenderlas tan elocuentemente como pueda, venga a cuento o no. Tiene derecho a enseñárselas a sus hijos. Pero ciertamente no tiene derecho a ser protegido de la libre crítica de aquellos que no las comparten. No tiene derecho a exigir que sean tratadas como sagradas. No tiene derecho a predicarlas sin que nadie las desafíe. . . . El significado de la libertad religiosa, me temo, es a veces enormemente malinterpretado. Se toma como una especie de inmunidad, no sólo al control gubernamental, sino a la opinión pública. Un zoquete se compra una sotana, se alza tras la mesa sagrada, y emite tales disparates que ahogarían a un Hotentote. ¿Ha de pasar sin desafío? En ese caso, lo que tenemos no es una libertad de religión, sino la más intolerable y ultrajante variedad de despotismo religioso. Cualquier imbécil, una vez admitido en las órdenes sagradas, se vuelve infalible. Cualquier tarado, por el simple medio de adjudicar sus delirios a la revelación divina, adquiere una autoridad que nos es negada al resto.

Sustitúyase “religión” por fútbol, arte, o muchas otras cosas, y ésta sigue siendo una verdad plenamente aplicable y universal.

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