Hablando el otro día con un profesor de la Facultad, discutíamos el aspecto tribal que se da en muchos grupos, destacablemente las grandes corporaciones y las religiones (el cómo llegábamos a hacer la comparación es muy largo).

El cristianismo ha tomado el concepto judío de tribu, en tanto que pueblo elegido, y lo ha transformado en “el cuerpo de Cristo,” el cuerpo de sus creyentes. El cristianismo y el judaísmo tienen una fuerte percepción grupal, en la que se ven como más píos, justos, y teológicamente correctos que el resto de gente, y por ello en alta estima del mismo Dios. En el caso del judaísmo, la condición de miembro es hereditaria (a través de la madre). Puedes ver ese tribalismo, por ejemplo, en la historia de Sansón o en la Pascua hebrea, que conmemora una noche de terrorismo genocida. No es que los hebreos fueran más racistas que el resto. En verdad, sus leyes eran bastante más amables a la hora de tratar con extranjeros. Sin embargo, eran racistas, en esa manera que entonces era común y hoy es ofensiva. En el caso del cristianismo, sin embargo, la admisión como miembro del grupo privilegiado no es hereditaria sino voluntaria.

La tribu cristiana es más amplia de miras e igualitaria que la judía. Todo el mundo es bienvenido. Nadie queda fuera de la gracia divina por su nacimiento. Esa es la clave de la historia del buen samaritano, o la del romano cuyo criado cura Jesús. Había judíos etíopes cuya identidad como judíos quedaba cuestionada por ser etíopes. Por el contrario el cristianismo adora los conversos.

Pero esa nueva perspectiva del cristianismo acerca de la “tribu favorita de Dios” es más violenta. Esta perspectiva implica que los que no son miembros del endogrupo han rechazado ser miembros de ese club especial de Dios. Los ajenos al grupo no sólo son diferentes e injustos, son ideológicamente enemigos. Son apóstatas, herejes, cismáticos, paganos, descreídos, idólatras, esclavos de las falsas enseñanzas de Satán. Los cristianos han odiado a otros por no hacerse cristianos de una manera en la que los judíos nunca han odiado a otros por no nacer judíos.

Irónicamente, es esa idea cristiana de endogrupo, aprendida del judaísmo, la que promueve el antisemitismo en los países cristianos. Como los judíos nunca se unirán al endogrupo, son perseguidos. Los judíos y judaizantes estuvieron entre los principales objetivos de la Inquisición en España.

El Islam hace, básicamente, lo mismo que el cristianismo. Esto es, la conquista de países cercanos. Esto es, la cháchara sobre infieles y el Gran Satán (Shaytan). Esto es, el antisemitismo.

En su libro The Clash of Civilizations (1996), Samuel P. Huntington daba un análisis similar de por qué el Islam y la Cristiandad se parecían. Para Huntington la raíz del problema está en la actitud de ellos – y – nosotros combinada con su pretensión de universalidad.

El conflicto [entre Islam y Cristianismo] nace también, sin embargo, de sus similitudes. Ambas son religiones monoteístas que, al contrario que las politeístas, no pueden asimilar fácilmente nuevas deidades. Ambos son universalistas, proclamando ser la única fe verdadera a la que los seres humanos pueden adherirse. Ambas son fuertemente proselitistas, creyendo que sus miembros tienen la obligación de convertir a los no creyentes a la verdadera fe. Desde sus orígenes el Islam se ha expandido mediante la conquista y cuando ha tenido oportunidad el cristianismo ha hecho igual. Los conceptos paralelos de ‘jyhad’ y ‘cruzada’ no solo se parecen entre sí, sino que distinguen a estas dos religiones de las demás religiones mayores. El Islam y la cristiandad, junto con el judaísmo, tienen un punto de vista teleológico de la historia en contraste con la perspectiva cíclica o estática prevalente en otras civilizaciones. —Samuel P. Huntington. The Clash of Civilizations. 1996.

Si bien la Iglesia Católica ha hecho (al menos en apariencia) un esfuerzo por separarse de esta imagen, esta mentalidad tribal es muy patente aún en los fundamentalistas cristianos, especialmente en los Estados Unidos.

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