En esta entrada anterior, os contaba lo apasionante que es viajar por España según los analfabetos profundos de Capcom que han creado Resident Evil 4: Evilution, que opinan que en España hablamos con acento chicano, cantamos cumbayá en torno a hogueras, y seguimos usando la peseta en 2004.

Ahora acabo de rescatar a la hija del Presidente de los EE.UU. de las garras de un sacerdote vestido como un mago del World of Warcraft (bastón y todo, os lo juro), y estoy encerrado con ella y con una versión idiota de El Mariachi en una casa rodeada por medio millón de gallegos zombies (menos mal que esta es una pequeña aldea perdida, porque debe tener la población de Barcelona nada más que con la gente que me he cargado hasta ahora). Más o menos estamos emulando El Álamo, sólo que supongo que conseguiremos salir al matar un número determinado de gallegos. Para llegar hasta la hija del Presidente tuve que cruzar un lago enfrentándome a la versión gallega del monstruo del Lago Ness (al que bauticé como Xenxo Chapapote), al que pude matar porque, por suerte, las lanchas en ese pueblo llevan un número ilimitado de arpones, y por alguna extraña razón, mi personaje se negaba a emplear armas de fuego. Además, el ancla del bote estaba enganchada en el lomo de Xenxo que me zarandeaba de acá para allá, pero a pesar de tener un arsenal, no se me ocurrió cortar la cuerda y salir zumbando. Qué cosas.

Tras cruzar el lago Rianxeira me topo por enésima vez con el gallego enmascarado al que comprar armas usando las pesetas (de verdad, me duele leer esto) que arrebato a los gallexicanos zombies. Menos mal que por 8000 pesetas te compras una escopeta de combate. Eso sí, una maleta vale 24.000 pelas, para que te quejes de la inflación. Y desde luego al tío no le importa que la zona esté infestada de zombies. El capitalismo lo puede todo, porque este tío parece el Burger King, tiene una franquicia cada pocos pasos.

Perdemos de vista que yo estaba cruzando el lago porque la chica estaba encerrada en una iglesia, cuya puerta estaba cerrada con una de estas estúpidas cerraduras que necesitan que metas el objeto más improbable que haya, que además suele estar guardado a 3 kms de la puerta, para que hagas ejercicio. El hecho de que la iglesia tuviera muros un poco más altos que yo, que los podía haber escalado con facilidad para acceder a un patio interior y ahorrarme el paseo y las peleas, debía parecerle muy fácil a mi súperagente secreto. Así que tras cruzar el lago y hacer la compra, me encuentro llegando a una especie de arena, donde ocurre la escena más surrealista desde la intro del juego.

Al entrar en la arena unos ladinos gallegos me cierran las salidas. A continuación, una docena de galllegos abren unas enormes puertas a tres putos pasos de mi personaje que mira boquiabierto sin hacer nada, tirando de algo enorme con cuerdas, que ruge y tiene pinta de ser malas noticias. Por supuesto, mi personaje hace exactamente cero para impedirlo, a pesar de que los gallegos están a tres pasos de él, le dan la espalda, y tienen las manos ocupadas. Nada de, por ejemplo, abrirles un respiradero en la nuca, que es poco deportivo.

En fin, que los tirones de cuerda dan resultado y por las puertas sale una cosa enorme y gigante, al que ellos llaman El Gigante, y al que yo bauticé como Anduriño Botafumeiro. Lo primero que hace Anduriño cuando sale es repellarse bien repellados a la docena de gallexicanos que lo han liberado. Quiero que reparéis en la astucia de estos porque:

(a) si se me llegan a echar encima los doce a la vez en una arena cerrada en vez de ponerse a sacar al Anduriño como los mozos a los toros en San Fermín, seguramente me habrían dado más guerra y porque

(b) van y sueltan al bicharraco de las fabadas, quedándose encerrados con él en la plaza, pareciendo luego muy sorprendidos de que les mate.

Unas lumbreras, como los que diseñaron el juego. El caso es que la cosa pinta mal, claro, porque me escondo detrás de una caseta que hay en la plaza, y Anduriño la plancha de un pisotón. Así que me pongo a correr y esquivarle como puedo, salpicándole tiros y granadas, cuando un inesperado aliado entra en escena: Sparky, el perro – lobo soplapollas.

Conocí a Sparky en los 10 primeros minutos de juego, al encontrarlo pillado en un cepo para osos. El juego te da la opción de liberarlo, como si es que no estuviera claro que liberarlo es conveniente. Bueno, el caso es que Sparky se lanza a la refriega, y ataca a Anduriño usando su poderosa técnica de dar vueltas y ladrar. El caso es que hace alguna clase de efecto, porque Anduriño deja de atacarme y emplea contra Sparky su poderosa técnica de inclinarse y mirarle fijamente, con lo que me da tiempo a (sabiamente asesorado por Rapun) entrar en una de esas rutinas matamalos tan habituales de los vídeojuegos de granada cegadora – vaciar cagador en la cabeza – apartarme – repetir. Tras unos 600 cargadores en el colodrillo, Anduriño decide morirse, aplastando unas casetas que reparecieron para la escena y que no estaban después. Más desconcierto para mí, pero al menos he logrado la estúpida llave obtusa.

Pues eso, que toda esta mamonada para llegar y abrir la iglesia por la difícil, hallar a la chica, y ver / padecer la aparición de Raistlin el cultista de Cthulhu (bueno, en realidad responde al muy español nombre de Odmund Saddler), disfrazado de mago de D&D en un rol en vivo, que me obliga a escuchar su cháchara y su malvado plan. Yo estoy hipnotizado por su túnica de mago azul eléctrico con chorreras, que es por lo que supongo que León Kennedy no le salpica 16 tiros en un ojo, o algo así. Luego tenemos que escapar de unos monjes gallexicanos zombis con ballestas de repetición; sí, ballestas de repetición, porque en Galicia todo el mundo se deja millones de cajas balas por ahí a pesar de que nadie usa armas de fuego. Los de Capcom deben creer que la matanza de Puerto Urraco la hicieron con alabardas (que de esas he visto dos). La verdad es que los monjes me recordaban el “purgandus populi” de Els Joglars, o la procesión de curas que se golpean la frente con la Biblia en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada.

Tras pasar así un par de pantallas matando algunos gallegos más (creo que llevo unos 600.000), además de algunos lobos ibéricos zombies en peligro de extinción, acabo entrando a refugiarme en una casa donde encuentro a Antonio Banderas en Desperado, sin Salma Hayek, y nos disponemos a vender caros nuestros pellejos.

Capcom vende este juego como un juego de “survival horror,” muy basado en el repullo, la imaginería zombie y tal. Pero lo siento por ellos, porque este juego para un usuario español es comedia pura desde el primer minuto. No hay nada como mezclar las típicas incoherencias que hay en todos los vídeojuegos (agentes secretos súperentrenados que no pueden trepar un muro de su altura) con la ignorancia y la capacidad más horrenda para no saber de lo que hablas (al estilo Misión Imposible II o Dan Brown hablando de Sevilla), para asegurar horas y horas de risa. No sé si alguien pasará miedo con este juego, pero yo me siento dentro de una peli de Mel Brooks, o protagonizando Scary Movies y pico.

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