Esta mañana me he levantado con una mueca torcida y demencial eran el rostro. Las voces de mis antepasados clamaban altas y claras desde los salones del Valhalla, y la claridad del alba por mi ventana arrancaba suaves reflejos de mi espada apoyada en un rincón. Rapunzell dormía, respirando suavemente, pequeña y cálida a mi lado.Mientras me afeito y me ducho, la Cabalgata de las Walkirias retumba majestuosamente en mi mente. Me cuesta afeitarme, porque mi rostro está dividido por una mueca como de raja de sandía. Si sonrío un poco más, se me cae la cabeza.

Desayuno con la BSO de Conan el Bárbaro de música mental de fondo. Saco primorosamente lustre y filo a mi acero, mientras Rapun me mira de medio lado. Creo que se pregunta si fue buena idea regalarme la espada, sobre todo al escucharme murmurar: "Aplastar enemigos, verlos destrozados, escuchar el lamento de sus mujeres." Claro que ha sido buena idea mi amor. Ya lo verás.

En el Metro voy tarareando la BSO de El Guerrero Nº 13. La gente mira el bulto largo y pesado que llevo colgando del hombro, pero nadie se atreve a decir ni pío. Mis ojos muy abiertos sin duda tienen algo que ver.

Cuando llego a la oficina Bongo y Mongo no están, pero si la nueva becaria. Dejo el bulto en la oficina y me dedico a poner a la chica en situación sobre cuál es su trabajo, etcétera. Al rato suena la puerta: Mongo entra en casa, y saluda con su habitual expresión de vaca (sin violín). Decido esperar un poco, porque barbota que Bongo también viene por aquí esta mañana.

Oh, Bongo ha llegado. Espero a que estén los dos sentaditos, y entro, trayendo el bulto a la espalda, bien escondido. Les miro a los ojos con falsa pena, y les digo que me voy.

La bomba cae y estalla en una perfecta sintonía de fuego y dolor. Bongo (el más flemático) consigue componer una falsa sonrisa mientras dice algo así como "Vaya… qué le vamos a hacer… me alegro por tí…". Qué gran discurso el tuyo, Cicerón. Miro a mi izquierda y veo a Mongo.

La cara de Mongo es normalmente algo que parece una tarta de varias plantas, con mermelada de fresa en lo alto – los coloretes y tal. Unos ojos saltones, una mata raleante de pelo negro encrespado y cortado a mordiscos, y una boca que sólo suelta capulladas completan el cuadro. Ahora es diferente.

Se congestiona como un enorme globo, no, como una bolsa de basura que alguien está cargando demasiado. Sus ojos amenazan con emprender una vida independiente, boquea incoherentemente, ¿es baba eso que veo brillar en alguno de sus mentones?, vaya, sí que está sudando. Espera, me parece que dice algo:

Buenooooo… ¿ahora qué hacemos?

Encojo los hombros, mientras les digo: En fin, aquí tenéis la carta de baja voluntaria. Al mismo tiempo, abro el paquete y dejo libre al regalo de mi amor.

Bongo y Mongo miran con incredulidad mientras alzo la espada, en cuya hoja de acero se puede leer en caracteres rúnicos: ESTA ES TU BAJA VOLUNTARIA. Una voz en mi cabeza pregunta: Imperator, ¿qué es lo mejor de la vida?

Bongo y Mongo aúllan mientras le doy respuesta a la pregunta.

NOTA DEL AUTOR: Dejo al buen juicio del lector adivinar qué partes de este relato son ficticias. La vida es buena.

The Imperator has left the building

Anuncios