++++ Ya estamos a viernes. Este es uno de esos viernes en los que estoy en la oficina sin absolutamente nada que hacer, así que, después de mirar el mail y hacer dos cosillas, me dedico a pensar.La semana que viene empiezo curso. Bueno, porque son comisiones seguras. Malo, porque me quita tiempo de hacer otras cosas, con lo que es posible que mis jefes traten de presionarme un poco para que las haga de todos modos. Pero me gusta dar cursos, me gusta mucho. Me gusta enseñar, me gusta desafiar las expectativas de la gente, y tiene que ver con…

++++ No hace mucho me planteé dejar de escribir este blog. Como es obvio, decidí seguir haciéndolo. Las razones por las que lo hago son quizá, las mismas por las que me gusta enseñar y por las que me gusta tanto el rol, la literatura, y el cine. Se trata de contar historias. Una de las cosas para las que creo que valgo, una de esas cosas que sé que puedo hacer bien de verdad. Y las historias son buenas, son necesarias. Las historias nos dicen quiénes somos, qué sentido tiene nuestra existencia, qué es importante y por qué tenemos que vivir.

Un tipo llamado Joseph Campbell escribió un montón sobre mitos. Elaboró una teoría por la cual hallaba similitudes entre mitologías de todo el mundo, desde las sagas épicas a los cuentos de hadas, en los cinco continentes. Interpretaba esto como una especie de arquetipo mítico común a toda la humanidad, y lo llamó el Héroe de las Mil Caras, estudiando a continuación cómo los mitos podían servirnos de guía en la vida.

No hace mucho (28/08/2000) J. Campbell dijo esto en una entrevista:

CAMPBELL: […]En determinado nivel de vida y estructura, los mitos ofrecen modelos de comportamiento. Pero los modelos tienen que ser adecuados al tiempo en que se está viviendo, y nuestro tiempo ha cambiado tan deprisa que lo que era adecuado cincuenta años atrás hay ya no lo es. Las virtudes del pasado son los vicios del presente. Y mucho de lo que se creía que eran los vicios del pasado son las necesidades de hoy. El orden moral tiene que ponerse a tono con las necesidades morales de la vida real en el tiempo, aquí y ahora. Y eso es lo que no estamos haciendo. Nuestras religiones pertenecen a otra edad, a otra gente, a otro conjunto de valores humanos, a otro universo. Retrocediendo no hacemos otra cosa que perder el ritmo de la historia. Nuestros hijos pierden su fe en las religiones que se les han enseñado, y pasan a un mundo propio.

Esa sigue siendo una gran verdad. Y por eso las historias que contamos son importantes. Contar historias no es ninguna chorrada. Al contar historias defines el mundo para las personas que las escuchan, y puedes tratar de aprender y de que aprendan sobre el mundo en el proceso.

En otros tiempos, los narradores de historias eran importantes. No padeciendo la lacra de los que estudian marketing y se llaman creativos, los mitos se desarrollaban para dar sentido, no para que te compraras una mierda que no necesitas, o para que un ejecutivo de la Warner se forre con la última bazofia estrenada en cines. Es un trabajo de amor, y por tanto es hermoso.

Sabiendo esto, la opción de dejar de escribir en el blog no existía. Escribo porque me gusta contar historias, sean banales o épicas, y porque creo que es bueno para mí, y bueno para los que las leen y las disfrutan. Y sigo escribiendo porque creo que tenemos la obligación de hacer todas las cosas hermosas que tengamos a mano, porque eso es lo que hace bueno al mundo. Quizá esta sea la razón de que me joda tanto ver la tele, y la gente que ve la tele durante horas. Creo que no puedo concebir un desperdicio mayor de oportunidades de hacer cosas hermosas.

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