He estado pensando seriamente dejar este blog. Muy seriamente. Los motivos son escasos, y en buena medida, irrelevantes si uno los piensa con claridad. Pero recientemente me han sucedido una serie de cosas que me han hecho plantearme muy seriamente qué cojones se suponía que quería conseguir colocando un lugar en donde escribir mis desvaríos, para que cualquier retrasado pudiera leerlos y opinar sobre ellos. Y también donde mis seres queridos podrían verlos. También he tenido ocasión de mirarme de cerca a raíz de ello. No ha sido bonito.

Como digo, me lo he planteado. Cuanto más lo planteaba, más importante y quizá adecuado parecía el dejar de escribir por Internet, particularmente sobre mi vida. Cuestiones referentes a las habilidades comunicativas de uno – o falta de las mismas, según se mire -, lo hacían cada vez la opción más coherente.

He pasado bastante rato pensando por las noches, especialmente decidiendo si lo dejaba. De hecho, es probable que algunos habitantes del Palacio hayan notado que hago tareas de casa que no me corresponden. Eso es así (entre otros motivos que no tienen que ver con esto) porque, desde siempre, cuando tengo algo importante en lo que pensar, me gusta hacerlo mientras hago alguna otra tarea sistemática. La preferida en estos casos suele ser reordenar las estanterías, pero cualquiera parecida a limpiar/ ordenar (fregar platos destaca especialmente aquí) me vale para ayudarme a concentrarme en lo que pienso. De modo que en estos días he fregado bastante.

 

¿Por qué lo hago? ¿Por qué tengo un blog? ¿Por qué visito los blogs de otros? La pregunta no es una cosa baladí, y no me valen las razones generales. "Por qué postea la gente en Internet" no me vale. Yo no soy gente. Y responde una pregunta fundamental, responde a las causas de esas cosas que me han pasado y de las que no diré nada aquí. Si la razón no era buena, no era muy buena, realmente no me compensaba el ver ciertas cosas y pasar otras, a cambio de dedicarle tiempo.

 

Y anoche lo supe. Y la razón era buena. Pero no es tan relevante en este punto, y sí es más personal. Lo que sí diré es que se me ocurrió poniéndola en relación con lo que ha sido un suceso importante en mi vida anterior.

 

Hace tiempo alcancé un cómodo grado de compromiso conmigo mismo. Decir que todos tenemos nuestras cosas es algo muy usual, pero oye, no todo el mundo es consciente de ellas, ni está en paz con el asunto. Pero lo conseguí, después de un largo proceso quirúrgico, que resultó bastante doloroso. Quedaron cosas por extirpar, pero la verdad es que no me molestaban, era consciente de que estaban allí y vivía muy a gusto con ellas. Les daba de comer, y no me preocupaba de sacarlas.

 

El caso es que no caí en un detalle, capullo como soy a veces. Las capulladas de cada uno no existen en el vacío. Yo no puedo ser gilipollas, soy gilipollas en un contexto determinado. Lo que me hace simpático en mi grupo de amigos me hace un retrasado en otros contextos (generalmente cuando estoy rodeado de mongos, pero eso es otro cantar). Y mi contexto ha cambiado, drásticamente. No sólo en el sentido físico, sino también en el virtual.

 

De modo que he vuelto a mirar hacia mi, esta vez armado de un set de focos quirúrgcos y un soplete. Y he empezado a expulsar inquilinos en llamas, al grito de "¡Arded, hijos de puta!", dándoles horrendas patadas en la boca y sin parar hasta que el último ha desaparecido, dejando un rastro sanguinolento que fregar. En el sentido psicológico de la cuestión, claro. Y con esas, me he ido a dormir.

 

Así que he decidido que va a ser que no lo dejo. Eso sí, ahora soy mucho más listo y sé muchas más cosas que antes. Entre otras, sé por qué lo hago. Que quizá en mi caso era lo que necesitaba saber.

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