Echo de menos las horas pequeñas de la noche, las de un sólo dígito. Ya no las veo mucho. Demasiado que hacer, y aún más cosas que hacer, y demasiado que preparar, y la hora de acostarse siempre llega muy pronto. Hay algo realmente mágico entre la 1 y las 3 de la mañana. Antes de la una falta todavía demasiado para el nuevo día. Después de las 3 rara vez servimos para algo útil. Pero esa ventana entre ambas horas, esas preciosas dos horas — ahí es donde nacen todas tus grandes historias y tus mejores recuerdos.Ya no tengo ese tiempo, quizá no vuelva a tenerlo. Querría salir a la terraza o subir a la azotea y mirar la ciudad, pero normalmente a esas horas llevo 1 ó 2 horas en la cama. Querría leer algo ahí fuera, ahí arriba, con los pulmones llenos del aire nocturno, y el mundo extendido ante mi, expectante a ver qué decido hacer esa noche con él. Se han ido, se han ido, todas las maravillosas oportunidades que he podido respirar, y que ahora por el trabajo paso durmiendo.

Ahora casi siempre estoy en la cama, mirando al techo en la oscuridad. A veces me levanto y me asomo a la terraza, para tratar de pillar un atisbo del firmamento, o quizá una nube brillar en un ángulo extraño desde donde yo me siento a mirar. Está la luna. No, sólo es la luz de la calle.

El otoño ha acabado, el invierno ya no me necesita. La noche ya no es mía, quizá nunca lo sea. No queda más que nostalgia, como otras veces.

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