She seems to come from everywhere
Welcome to the dragons lair
Fingers running through your hair
She asks you out to play…

In all of nature’s sorcery
The most bewitching entity
Hell can have no fury
Like the rising of the storm…
– Blackmore’s Night, Storm

Es de noche. Fuera caen truenos como cañonazos, y estoy esperando a que empiece a llover. Ah, ya ha empezado. Lo que hace falta es que llueva, que llueva en cantidad, para que baje la temperatura. Si caen 4 gotas lo único que haremos será cocernos como patatas hervidas.

Me encantan las tormentas. De siempre. Es algo fascinante, el hecho de que todo se reduzca a electricidad, y que de ahí vengan los relámpagos, los truenos, la lluvia y demás. Chispas que hacen temblar las ventanas, alumbran el cielo y te dejan los ojos llenos de luces que tardan en desaparecer.

Desde que estudié psicología, las tormentas empezaron a gustarme por otra razón: son como el cerebro en acción. Cuando estamos haciendo algo que nos exige rendimiento, como por ejemplo leer – no ver la TV, o escuchar OT, o jugar a D&D, me refiero a actividades que hacen currar al cerebro -, la actividad de nuestro cerebro es una red de impulso nervioso, que puede compararse con una tormenta. Si fuéramos lo bastante pequeños, podríamos ver los neurotransmisores moverse entre las neuronas, alterando las polaridades de las membranas celulares, y probablemente llenando todo de chispazos como en las películas… 🙂

Bueno, la verdad es que me parece hermoso que dos de los fenómenos naturales que más me gustan – las tormentas y el pensamiento – se parezcan mucho. No soy creyente, pero reconozco que sería la hostia pensar que las tormentas son los momentos en los que el cerebro de Dios se dispara porque está haciendo algo realmente genial, y el cielo que es su mente se llena de descargas, y todo está en orden. Por eso huele tan bien tras las tormentas… Y quizá explícaría por qué el mundo parece una mierda parte del tiempo. El cerebro de Dios está muerto, viendo la TV…

Cuando soñamos pasamos por varias fases. Las 4 primeras son fases en las que se va relajando la musculatura y la actividad cerebral va cayendo en picado. Como la tensión y la estática que crecen justo antes de la tormenta. Y entonces, si todo sigue su curso, entras en la fase REM (Movimiento Rápido del Ojo). La musculatura se paraliza totalmente, se desconecta, para que el cuerpo no se ponga a efectuar lo que está pasando en el cerebro. Si no fuera así, nos levantaríamos y haríamos cosas. La actividad cerebral se dispara hasta niveles equivalentes o superiores a los que tenemos cuando estamos despiertos (lo cual en muchos casos reconozco que no es mucha actividad).

A eso lo llamamos soñar.

De modo, queridos míos, que si queréis una explicación a las tormentas que no sea científica, porque tenéis la absurda idea de que la ciencia no es hermosa y sois de ese tipo de románticos de todo a 100, podéis pensar que, durante las tormentas, el cielo sueña, y que los rayos y truenos son las sinapasis del cerebro de Dios funcionando al 200% de su capacidad. Yo me quedo con la explicadicón científica, porque todo lo científico me parece mil veces más hermoso, mágico y complicado que cualquier explicación mítica (otro día hablaré sobre la conciencia y veréis a qué me refiero).

Pero ahora me acuerdo de mi mejor amigo, Peivol, y pienso que también sería genial que las tormentas fuesen provocadas por el poderoso Thor a bordo de su carro tirado por dos cabras, saliendo a cazar gigantes con su martillo Mjolnir. Y ver al dios galopando y machacando gigantes, y los rayos son las chispas del acero y pedernal de sus ruedas chocando contra el suelo de los cielos, y los truenos son los golpes de su martillo sobre los cráneos de los gigantes. Y prestando atención, escuchas sobre el rugir de la tormenta y la cólera del vendaval las risotadas del dios…

La mitología tiene su encanto después de todo.

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