Esto se me ocurrió anoche, justo antes de dormirme, cuando casi no era consciente y con el dulce olor de la Imperatrix dormida a mi lado, calentita y abrazada a mí. Va por tí, preciosa.

– La amo – le digo – Supongo que eso es todo.
– No es poca cosa. Sobre todo en los tiempos que corren.
La pierna me duele como el infierno, lo cual es normal si recordamos que tengo una bala de baja velocidad metida encima de la rodilla. Noto algo cálido que me corre por la pierna hacia abajo, y no me gusta la idea. Pero atado a una silla de interrogatorio inquisitorial no es que pueda hacer mucho. Por el momento.
– ¿Tan grave os parece la idea de que la ame?
Se toma su tiempo, el cabrón. Me mira con esos ojos grises, fríos y odiosos que tienen todos los Inquisidores. Es el entrenamiento. El Condicionamiento de Verdad que les permite saber si les mientes. Creo que les hinchan de drogas aumentadoras de la percepción para ello, y eso les deja esos ojos.
– El amor en sí no es malo, supongo. Pero ella te está prohibida – le da una larga calada a su cigarro de especias amplisens.
– ¿Por qué?
– Porque es de otro. Y tú eres de otra. Hay compromisos. Votos. Es difícil cuando la Moral se ve implicada. Nos obliga a intervenir.
– ¿Y por qué intervenís? ¿Qué más os da? Es amor, ¿qué pasa con eso?
Mira al gorila de la Policía Moral tras él, y parece que se contempla en el reflejo del visor plateado del casco. Diría que le gusta lo que ve. Al hijoputa.
– Como te he dicho antes, hay votos. Compromisos que asumes cuando amas a alguien. No puedes romperlos. No puedes romper ningún compromiso. ¿Qué pasaría si la gente pensara que puede romper sus compromisos impunemente? Así eran antes las cosas, y teníamos un mundo sin moral. Un mundo sin compromisos, donde cada uno hacía lo que quería sin pensar en los demás.
– Y eso es malo, ¿verdad? La libertad es jodidamente horrible, ¿no? Puto cobarde…
La frase muere a medias cuando el gorila decide que ya he hablado de más. La descarga de microondas hace que mi cuerpo eche lo que había fingido comer 2 horas antes. La comida sale casi sin digerir – sorprendente – pero de alguna forma el Inquisidor se las arregla para no moverse y no mancharse. Quizá les enseñan eso en la Casa del Abandono.
– Es malo. Es malo para ti, y es malo para ella, para la otra, pero seguramente será peor para ti. El amor debe tener reglas. Como todo en esta vida. ¿Sabes por qué?
– Jódete…
No se lo toma a mal. Al menos me ahorro otro baño de microondas.
– Debe tener reglas porque a vosotros os asusta la libertad. Los seres humanos necesitan que alguien les diga en todo momento lo que tienen que hacer. Porque es más cómodo, más fácil.
Un gesto imperioso al gorila de la Policía. El mono se gira sobre los tacones refulgentes de su Servoarmadura de Contención, y sale sin dudar. Más Condicionamiento en acción.
Vas a lamentar haber hecho eso. Vas a lamentarlo mucho… por un breve espacio de tiempo.
– ¿De verdad crees que vuestra ridícula historia de amor furtivo es importante? ¡Claro que es irrelevante! El mundo seguirá girando sin ella y a pesar de ella. Pero en eso, como en todo, los precedentes son peligrosos. La gente de vuestro Entorno sabe lo vuestro. Sabe que sois infieles, y por eso lo denunciaron. Pero imagina que no hiciéramos nada. Que no pasara nada más allá de vuestra propia conciencia.
– No lo veo tan horrible. Acércate más, cabrón.
– La gente descubriría que pueden hacer lo que quieran. Tu Pareja podría sentirse como quisiera, y tendría que lidiar ella sola con el problema. Y sería más independiente y fuerte. La gente dependiente, la gente obcecada por las normas y la moral se maneja muy fácilmente. Pasan por el aro que tú les pongas.
– No puedo creerme que estés diciendo esto en público, con las cámaras vigilando…
– Las cámaras no están vigilando. Así nadie podrá ver lo que voy a hacerte.
Algo se agita dentro. Como una manada de perros rabiosos que quieren salir a bocados de mi pecho. Y voy a dejarme llevar por la sensación. Así nadie podrá ver lo que voy a hacerte.
El Inquisidor sigue hablando, ahora acercándose un poco más, y girando la silla para apoyarse sobre el respaldo mirándome. Sé que lo hace para que sus sentidos amplificados capten el miedo, para que su traje haga lecturas biométricas de mi cuerpo y le diga que estoy a punto de mearme en los pantalones. Por ello, no me queda mucho tiempo. Es bueno que sienta algo de miedo por Laura.
– Ya la tenemos a ella. A la Otra. En la Celda de Arrepentimiento de al lado.
Si pudiera, el corazón se me pararía. Se me escapa un rictus de miedo. Él lo advierte, lo devora y lo disfruta como un niño goloso un helado.
– ¿Qué?
– Ella… ¿cómo se llama?… Laura, también es culpable. No rompió sus votos… pero podemos entender que te indujo a romperlos. Es Inductora de Pecado, y recibirá la sentencia adecuada. Danza Cerebral y Reeducación Moral – sonríe, e incluso sus ojos grises y muertos parecen hacerlo – Es por su bien.
Crece y crece dentro de mí, la rabia como un monzón, como un huracán rojo de cólera y sangre. Lo dejo salir.
Parece darse cuenta de que algo va mal. Su traje le ha pasado por el enlace cerebral la biometría de mi cuerpo. Y le está diciendo que estoy muerto.
Diré en su favor que es rápido. En una fracción de segundo se tira hacia atrás, interponiendo la silla entre él y yo, al tiempo que desenfunda la Castigadora y la alza para abrir fuego. Tiene reflejos amplificados por enlace espinal. Cómo si le fuera a servir de algo.
La Bestia aúlla y zarandea los barrotes. Es libre.
La herida en mi pierna se cierra con rapidez, expulsando la bala. Antes de que la bala termine de salir de la carne, hago fuerza con los brazos hacia arriba, y las esposas de contención saltan con tal fuerza que se clavarán en el techo. Son fuertes, pueden contener incluso a alguien hasta arriba de Zumbido Mental, pero no son Árboles del Dolor, no están hechas para uno de los míos.
La pistola Castigadora abre fuego de forma automática, auto apuntada por sensor inteligente. Todo va como a cámara ultra lenta. Antes de que el Inquisidor termine de caer, antes de que la primera bala salga por el cañón, antes de que las esposas rotas se claven en el techo yo ya me he lanzado adelante, colmillos extendidos. He recorrido media distancia cuando la Castigadora empieza a vomitar balas, pero soy demasiado rápido para el sensiarma. Veo las balas moverse hacia mí. Es fácil esquivarlas.
Paso una bala por debajo, paso, inclina la cara a la derecha y deja pasar la siguiente, paso, abajo el hombro y a la izquierda, paso, extiende la mano izquierda y golpea.
La Castigadora sale despedida y su muñeca se parte con un chasquido. Mi mano derecha ya está en su cuello y empuja, clavándole a la pared con un estampido que suena a victoria, a gloria, al triunfo de ver la sangre del otro derramarse. El refuerzo óseo evita que le parta la columna. Sus ojos grises se desenfocan y se vuelven a enfocar. Supresores de dolor. Así durará más. Veo como forma palabras con la boca.
– ¡Vampiro!¡Abominación!
SÍ.
No sigue hablando porque ya no pasa aire por su garganta. Huelo su sangre, veo el mapa de arterias y venas bajo su cuello, y escucho el latido poderoso y rítmico de su corazón mejorado, enviando adrenalina biomejorada y depurada para prepararle para la lucha. Tengo hambre. Los colmillos se acercan a su cuello. HAMBRE.
No.
Aparto el rostro de él, retraigo los colmillos, le miro a los ojos. Sólo tiene un poco de miedo. Bien por el Condicionamiento de la Inquisición. Pero tengo como una astilla clavada que me voy a sacar.
– No voy a matarte, Inquisidor.
– ¿Qué? – no se lo cree, busca con su Condicionamiento de Verdad la mentira. No la encuentra.
– Voy a dejarte aquí, pero vivirás. Luego saldré y sacaré a Laura de la Celda de al lado. Y después nos iremos. No voy a dejar de amarla. No vamos a dejar de ser libres.
– Tus pecados… no tienen límite… puedes acabar con esto… liberar tu alma…
Me da la risa. El Condicionamiento a veces es divertido de ver. Al menos si tienes al Inquisidor por el pescuezo.
– Me temes porque soy libre y no me sujeto a vuestras leyes de mierda. No te importa que haya matado, o que beba sangre. Tú también matas. Es la libertad lo que no soportas. Es ver que soy libre y que trato de hacer libres a más personas. Con Laura sólo está la diferencia de que ella ya es libre. Por eso la amo tanto. No hay nada que enseñarle.
– Otra ramera… – como aprieto un poco, se calla rápido. Un tipo normal tendría el cuello roto. Los hacen duros, a los Inquisidores.
– No es una ramera. Es libre, y siendo libre ha aceptado al monstruo que soy. A pesar de todo, me quiere. Así que no voy a dejarlas en tus manos, hijoputa, ni la tendrán vuestros Decidores de Verdad.
Sus ojos grises se dilatan un poco. Miedo. Qué agradable. Creo que empieza a entender a dónde me dirijo.
– Voy a convertirla en una de los míos. Y dado quién soy yo en realidad, va a ser la Reina de la Sangre. Si hemos de morir, entonces moriremos traidores… y libres.
Le tapo la boca con la mano, no quiero escuchar sus diatribas, me inclino sobre su oído y le susurro mi verdadero nombre. Luego echo el rostro un poco atrás para ver su reacción. Al contemplar su rictus de incredulidad y horror, asiento dos veces, despacio.
Luego empiezo a vaciarle de sangre.

Han pasado 60 segundos. El Inquisidor – no he llegado a saber su nombre – vivirá, porque las alarmas traerán médicos y no le he vaciado. Tiene un corazón fuerte, y una sangre poderosa. Los Decidores de Verdad de la sala están muertos, túnicas de plástex desgarradas, su color blanco prístino manchado de escarlata. La Silla de la Verdad está descuartizada – nunca he tragado los potros de tortura. Y Laura en mis brazos. Está atontada, por el dolor, las drogas y el neurointerrogatorio. Pero tiene los ojos llenos del sol que hace milenios que no veo, y sé que se pondrá bien.
Y cuando llegue el alba, justo antes de que el sol asome sobre las torres de plastiacero y las arcologías, me ocuparé de que esté bien para siempre. Nada me separará de ella. Jamás.

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