He llegado a la tienda hace un rato, después de padecer el preceptivo reconocimiento médico de la empresa. Y digo padecer, porque ha sido una experiencia de las que escribe John Cleese.

Me he levantado lleno de ánimos y de sudor, después de una nochecita bastante asfixiante. He llenado el minibote para las muestras de orina, que por poco no rebosa y tenemos una desgracia en el baño. Si quieren recoger muestras de la primera de la mañana, deberían dar jarras de litro, qué coño. Tras ducharme, y con el estómago cantando las Mañanitas del Rey David (porque no podía desayunar) he cogido el coche pensando que, al salir más pronto, pillaría menos atasco.

Como los Monty Python son los que dirigen el tráfico en esta ciudad, me equivoqué.

Atasco para echar gasofa al coche, donde el amable empleado me ha tirado al suelo un pastón de súper 95 porque no quiso escuchar que el Peugeot 205 tiene un codo en el depósito para que no roben la gasofa, por lo que hay que echarla de cierta manera. Al menos no me lo cobró.

Atasco para salir de Alcorcón (accidente). Atasco en la M40 desde antes de Majadahonda, hasta los túneles del Pardo (2 accidentes). Atasco para coger la A1 (10 minutos para recorre 500 m, por un accidente). Atasco en San Sebastián de los Reyes, y aparcar.

He llegado a la clínica como a las 10. 2 horas para 50 km. Mi estómago berreaba como un coro de hombres lobo en celo. Me he desplomado frente al mostrador de recepción, y le he dicho que venía a hacerme el reconocimiento médico. Ella me ha mirado a los ojos, y mi estómago se ha contraído de terror y hambre.

Estaba frente a una retrasada de marca. Lo sabía. Tengo poderes.

La mongola primero era incapaz de encontrar mi ficha. Sólo había 7 jodidos papeles en la carpeta. Como tardó 10 minutos, pude contarlas varias veces. Al final la encontró. Con mi ayuda.

Entonces resultó que la hijaputa no entendía qué protocolo de reconocimiento aplicarme (se ve que hay varios). Así que me dijo que me sentara. Como me caía de hambre, lo hice.

Hay que reconocer que le puso interés. Llamó a mucha gente, y entró y salió mucho. Y yo me moría a trozos, mi estómago hecho un volcán.

– El médico le sacará sangre ahora.

Desperté de mi sopor idiota y hambriento, y repté hasta la sala, donde un médico me sacó 5 tubos de sangre. Lo normal que yo he dado son 2. Me sacó 5. Le pregunto si eso es normal.

– Es por las drogas y eso. Las empresas lo piden.

El hijoputa. Seguro que la clínica en realidad es una tapadera para una organización de vampiros que te drenan la sangre de forma solapada. 5 tubos. Más que una analítica podrían hacer morcillas con lo que me han sacado.

Así que me tienen otros 15 minutos con el brazo dolorido, y me hacen entrar en la consulta de otro médico. Me hace muchas preguntas, y le contesto No a casi todas, y Sí a algunas (en general, que no me ha pasado nunca nada). Me mide la agudeza visual y auditiva, y luego me retuerce las articulaciones como un judoka, para ver si me duele. Me dolió. Tras la tortura, y cuando yo empezaba ya a ver al doctor como una hamburguesa, me dejan marchar. Me tambaleo hasta el coche, por suerte no tengo atascos y me abalanzo de cabeza sobre las máquinas de comida.

Ya he comido, y estoy bastante más feliz. Pero tened cuidado con las empresas. No sólo os sacan la sangre metafóricamente. Ahora parece que también os la sacan literalmente.

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