Bueno, he escrito esto en un cuaderno mientras almorzaba, y lo he pasado en 2 minutos. Es para la Imperatrix. Después de todo, si estoy decidido a dedicarle el resto de mi vida, está bien que empiece a dedicarle algo en el blog de vez en cuando:

Las casas son de plata limpia y nueva, frescas a la luz de la luna, llenas de ojos bostezantes y bocas maliciosas que nos siguen con la mirada. El enlosado hace que andar sea como caminar sobre la espalda de una tortuga gigante, cada relieve hablando de historia y leyenda. Los genios se esconden en las sombras de los patios, en los huecos de los portales, para oír cantar a las fuentes, y llorar recordando lo que fue una vez y ya no es.

Sobre nuestras cabezas, el palacio es bronce bajo los reflectores insomnes, que ahuyentan a los fantasmas de los vencidos que asoman a las troneras. Qué hermoso es el palacio, callado, recibiendo la brisa que alivia el calor infernal del verano. Ahora es de noche, y las piedras se estiran y desperezan, contentas de pasar su calor a los jardines. Los fantasmas siempre tienen frío, y recogen el calor del día entre las flores.

El palacio tira de tu mirada. Andando por las calles estrechas, sombrías, cuesta arriba, levantas los ojos cada pocos pasos y lo miras, porque lo domina todo. Cada vez que alzas el rostro la luz del palacio cambia, porque los reflectores no pueden competir con la luz que derramas. El bronce se vuelve oro, y la fortaleza se acomoda en la montaña, para mostrar un nuevo ángulo cada vez, mostrándose para ti como un nuevo amante lleno de secretos. Hubo un tiempo en el que pensé que no había nada que mirar si estabas en el Albayzín, que no fuera la Alambra.

La Alhambra no tiene tus ojos.

Es demasiado tarde para que haya bares abiertos, para poder entrar en alguna cueva a mirarte a la luz de las velas, a mezclar con licor tus labios para disolverme como el hielo en ellos. Es demasiado tarde para nada que no sean tus ojos, tus manos, tu piel y tu pelo. Pero el palacio tira de tu mirada, y me llevas arriba, me pides que te guíe hasta algún lugar secreto donde poder verlo entero.

Y yo no puedo negarme, así que te guío y subo más. En el último tramo de escaleras nos paramos cada dos escalones, y nuestros besos corren más rápido que nuestros pensamientos. Me incendio, subo las escaleras detrás de ti, en llamas, como una estrella fugaz. Te alcanzo arriba, cuando la estampa te golpea y saca el aire de tus pulmones para hacer más sitio a la imagen.

Casi todo el mirador es sombra, entre los arrayanes y los árboles. Las hojas te acarician el pelo cuando te acercas al balcón, y te coges con fuerza a la baranda metálica mientras te tragas la escena con los ojos abiertos como soles hermanos. Y el agua canta sin cesar, pero casi no la oigo. Huele a jazmines, pero yo sólo tengo tu olor. Me acerco despacio, porque los fantasmas tiran de mi con fuerza, rodeado de amantes que vieron la misma escena hace siglos y se quedaron congelados en ella para siempre.

Quizá una eternidad no sea demasiado para pasarla de noche, en este lugar, con la brisa que trae el recuerdo de las flores del bosque frente a nosotros. Un mar verde y viviente, que apenas se atreve a tocar con los labios el muro de la fortaleza, para rendirle un débil homenaje. De las profundidades de ese mar brota la luz de los focos, como un ejército que asediara las murallas custodiadas por los fantasmas, hechos de plata lunar y de sombra. Me gustaría poder apagar los focos, dejar a los espectros solos con su nostalgia.

Son las 3 de la mañana. Los focos se apagan, y escucho gritar a los fantasmas su victoria.

El palacio se vuelve bestia agazapada en las sombras, como a punto de saltar desde la cima de la colina sobre nosotros, y tus ojos se apagan un segundo. Te vuelves hacia mí, y la plata lunar te vuelve casi como uno más de ellos, de los miles que nos miran con envidia y nostalgia. Pero estás tan viva, y eres tan hermosa que no pueden tocarte.

Cierro los ojos y busco tus labios. Sabes a luna y jazmines, y hueles como deben oler los ángeles. Cierro los ojos y se hace la noche. Y después la oscuridad.

Y después, el olvido.

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