… en cualquier situación en la que tengáis que tomar una decisión que sea más compleja que si queréis cerveza o refresco con el menú. Hay muchas formas de abordarlas. Pero hay una pregunta que siempre nos ayudará a tomar una decisión correcta, especialmente en las situaciones difíciles (donde a menudo hay más de una decisión correcta).
¿Qué haría el Capitán Picard?
Creo que una de las muchas cosas que le debo a Rapun es el haberme puesto en contacto con este tipo del que tanto he aprendido. Es un personaje al que he llegado a admirar enormemente.
Uno tiene que tomar muchas decisiones difíciles en su vida. Pero difícilmente uno puede equivocarse si sigue las guías de este tipo.
Ayer Rapun y yo fuimos con Athair, Tomber y Tindriel a ver el Motorista Fantasma. Para qué.
Lo cierto es que no es un problema de expectativas: yo me imaginaba que seria muy mala, porque es lo que supongo siempre que voy a ver una peli de superheroes o similar, basada en algo que probablemente ni el director ni el guionista han leído más que por encima. Porque cuando un fan de algo trata de hacer una adaptación de ese algo, al menos notas un cierto entusiasmo, un cierto cariño. El director de esta peli odia su trabajo, igual que Ang Lee odiaba su trabajo cuando hizo Hulk. Intensamente. ¿No os lo creéis? Mirad las fotos. Esa gente se odia.
Pero no me imaginaba lo mala mala mala que sería la peli. En serio, manteneos alejados de ella.
Por otro lado, hace mucho que no hablo aquí de trabajo. Me refiero a hablar de verdad. Así que, en muy breve en este blog, Las Cosas de Igor, una sección de periodicidad variable en las que relataré las hazañas de un imbécil que, desde su puesto de subdirector, ha conseguido convertir una empresa que sería el sueño húmedo de muchos psicólogos, en una zona de guerra en la que sólo 3 trabajadores llevan más de un año (el gerente, una chica competente que, por eso mismo, me dijo que estaba pensando en darse de baja, y él). Nuevas historias de terror desde el mundo de los RRHH. Porque os lo merecéis.
Tengo la sensación de estar viendo morir un dinosaurio, un animal de épocas pasadas a quien ya le queda poco tiempo y que vive sus últimos días sabiendo que tras él no vendrá nada. El animal en cuestión es una forma de trabajar, de entender la vida, que está desapareciendo ante mis ojos, y que veo con cada curso que doy con este cliente que me ha traido a Santiago. Este cliente se llamó una vez Renfe. Ahora se llama (al menos en parte) de otro modo.
Es sorprendente cómo a veces nuestra evolución social y de costumbres mimetiza a la evolución de las especies, pero con el ritmo acelerado a un 2000% o más. Al igual que pasó con los dinosaurios, esta forma de trabajar (la de las grandes empresas estatales en las que uno entraba de joven hasta que se moría) parecía que reinaría suprema, que nada podría desafiarla. Pero en el espacio de apenas una generación (los trabajadores a los que he impartido el curso podrían, en muchos casos, ser mis padres), esa idea se tambalea y se desmorona. Como el meteoro de la historia, la nueva forma de trabajar, el neoliberalismo a ultranza, disfrazado de centro derecha o de socialismo descafeinado para no asustar al votante aborregado e idiota, ha aterrizado y ha arrasado con una forma de vida para sustituirla por otra. No entro en valorar si eso es bueno o malo, no creo que en la evolución esos terminos sean aplicables. Me limito a constatar los hechos como los veo.
En una empresa como mi cliente, muchos entraron con 16 años, desde la escuela de aprendices, el ejército, y sectores similares. Desde el momento que entraron, sabían que su vida laboral se daría íntegramente allí. No tendrían que ocuparse de buscar trabajo, ni de incdrtidumbres, ni de nada. Venían a menudo de familias dedicadas a lo mismo. En un curso anterior, cuando nos presentábamos, uno de los alumnos me dijo orgulloso que tenía 5 generaciónes de ferroviarios tras él, y que su familia había estado ligada a Atocha prácticamente desde que se construyó. Siempre hubo al menos uno de ellos allí. Seguramente será la última generación.
Una de las teorías sobre la extinción de los dinosaurios (además de la del cataclismo del meteorito) hablaba de que quizá los primeros mamíferos se alimentaban de los huevos de los dinosaurios, muchos de los cuales no podían evitar esto porque dichos mamíferos eran simplemente demasiado pequeños y rápidos como para ser percibidos. De este modo los dinosaurios se extinguieron porque muchas de sus crías no llegaban a nacer, devoradas desde abajo por los mamíferos dejando una cáscara vacía que era incubada sin dar fruto jamás. No se adaptaron lo bastante rapido y desaparecieron en un lapso de tiempo muy corto (a escala evolutiva, claro).
Ayer tomando café en el almuerzo, uno de los alumnos, un tipo estupendo y divertido, me decía con algo de pena que había ya cosas por las que no valía la pena hacerse sangre. “Somos el punto de inflexión entre lo que una vez fue el ferrocarril y lo que los gestores quieren que sea en el futuro. Cuando nos prejubilen, no vendrán más como nosotros. Pero el problema es que los gestores son gente que viene de donde nosotros, y en el fondo tienen las mismas ideas que nosotros. No son gente nueva para tiempos nuevos: son la gente de antes tratando de cambiar. Veremos dónde queda eso.”
Quizá tenga razón. Quizá no la tenga. Pero entre tanto, yo observo y veo cómo desaparece poco a poco una forma de vida que cuando yo era niño se daba por supuesta. La misma forma de vida que alimentaba a mi padre y que desaparecerá cuando se jubilen o desaparezcan de la banca los últimos de la generación de mi padre. No entro en si es bueno o malo: la evolución no entiende de esas cosas. Los cambios son cambios, no tienen esa cualidad cuando hablamos a esa escala. Pero me fascina ver cómo ese cambio pasa tan desapercibido para muchos, un proceso tan enorme y de tales ramificaciones. Yo sólo puedo sentarme, y mirar a los últimos dinosaurios vivir sus últimos días mientras el sol se pone para ellos.
Por lo demás, Santiago es un lugar especial. Me estoy maldiciendo bastante por no haber traído la cámara: hace dos noches, un amable cosectario (gracias Pedro, por la visita) me sacó de vinos por Santiago con la que estaba cayendo. Nos pusimos como sopas, claro, porque con el temporal el agua caía de lado, y los paraguas se rompían y saltaban en trozos (por suerte el que yo llevaba sobrevivió, pero no sirvió de mucho). Pero vimos la Catedral de noche, iluinada por los focos y barrida por la lluvia, cubierta de un verdín por todas partes que daba la sensación de que éramos exploradores que habíamos topado con los restos de una ciudad perdida. Nadie por la calle, y nosotros mirando como tontos todo aquello, calándonos de asombro (él nunca había visto la catedral así, yo menos aún). Qué sitio tan extraño era aquel. Y luego nos quitamos el frio a base de Albariño en una taberna.
Ahora estoy en un tren y vuelvo a casa, en un viaje muy largo y pesado, loco por ver a mi chica y mis gatos. Pero no dejo de pensar en cuántas cosas que damos por sentadas, cuántas formas de vida que pensamos eternas, cuántos valores que creemos indestructibles, habrán desaparecido para cuando mis hipotéticos hijos tengan edad de preguntarse estas cosas. Mejor experimentarlas y verlas antes de que sólo queden sus ruinas y sus esqueletos.
Y para despedirnos de buen rollo, una canción de un chico al que algunos llaman el nuevo Freddy Mercury, cosa que a mí me da repelús. Pero el chico merece un pase, desde luego, y francamente, me parece más fan de Queen que yo mismo. Juzgad vosotros, pero voz, letra y estilo… Qué buen rollo me da, cojones.
Pues eso, que a las 14 cojo un tren a Santiago, para ir a dar un cursito. Hacía mucho que no tenía que viajar por motivos de curro, y es un tanto deprimente, dormir en un hotel sólo y esas cosas. Además, hace mucho que no paso por Santiago, y no sé bien que haré fuera de las horas de curso (a las 17:30 salgo). Ojalá haya Internet en el hotel. Eso si me dicen qué hotel es el mío, porque aún no me lo han dicho, estoy esperando a que me llamen para confirmarlo. No molaría llegar a las 21:30 a Santiago tras 7 horas y media de tren y descubrir que no sabes qué hotel tienes.
Pero cuando vuelva el jueves noche a casa y abrace a mi chica se habrá acabado este pico de trabajo, y dedicaré la siguiente semana a mantener una actividad mínima en el proyecto que tengo (sólo estoy seleccionando puestos sencillos), y a vegetar salvajemente el resto del tiempo.
Anoche estuvimos en casa de Darth Mendex y Maryjoe por primera vez, y fue una gran visita. Hablamos, reímos, nos maravillamos de las tapas del bar de al lado de su casa, y jugamos a diferentes cosas. En particular a un juego de PS2 que me dejó tumbado en el sofá, boqueando y pidiendo más.
Me refiero al Guitar Hero II. Aparentemente, una chorradica en la que juegas con un mando en forma de guitarra, tratando de tocar canciones clásicas del rock. Hay unos botones de colores en el mástil que simulan pulsar las cuerdas, un mando en el hacha que representa la púa, y una palanca para la distorsión. Sobre todo parece una guitarra para niños.
Y es como el puto crack. Es el juego más cojonudo que he visto últimamente. Quiero ese juego. Quiero practicar un número insano de horas al día para acabar haciendo esto que hace este tío:
Últimamente escribo poco por aquí (salvo los comentarios de los trolls y eso). Es que esto es un no parar. Rapunzell está igual, aunque ha roto su silencio bloguero para una plastoserie, con sólo 2 meses y medio de retraso. Y qué voy a decir, yo estoy igual.
Es bueno, claro. Implica que estamos de curro hasta arriba. Y es algo que se debe a que lo hemos hecho bien, muy bien. Pero es un poco agotador, a veces, porque pasas de 0 a 100 continuamente, y es un baile. Estas dos próximas semanas van a ser de órdago para mí, incluyendo viajecito a Santiago de Compostela a dar cursos. 7′5 horas de Talgo en cada sentido: es lo que tiene trabajar para este cliente, vas en tren sí o sí. Afortunadamente, y con ayuda de mi chica, todo ha acabado saliendo. Sólo queda ejecutarlo y enviar las facturas.
Por lo demás, la vida sigue. Una nueva andanada de trolls ha aparecido a quejarse de que alguien que no conocen se mete con sus gustos, los gatos siguen con su vida (el Barbián se ha puesto enorme, la Beba está un poco pachucha estos días), y sigo aprendiendo cosas sobre el mundo. Estoy (entre otros) en un proyecto que me va a enseñar mucho sobre cómo un directivo idiota puede coger una empresa en la que muchos se matarían por entrar, y acabar teniendo una rotación de más del 50% de la plantilla anual. Es irónico, teniendo en cuenta que hace un tiempo traté de entrar en esta misma empresa como psicólogo. Visto lo visto, de la que me he librado.
La relación con un jefe no es la misma que con un cliente. Y quizá eso es lo que más valoro de trabajar como freelance. Porque hablo con los trabajadores, les veo sangrar por las encías por las mamonadas de este tipo, y respiro aliviado porque a mí no me puede hacer eso.
El trabajo por cuenta ajena tiene un enorme inconveniente: si todos tus huevos están en la misma cesta, el dueño de la cesta puede tocártelos mucho. El hecho de que tu bienestar económico, tu subsistencia o lo que sea, dependa de esa persona, genera una relación que no puede ser sana, a no ser que el dueño de la cesta sea una persona muy sana. Mi experiencia es que para ser empresario en este país es costumbre golpearse primero la cabeza contra la roca más sólida y puntiaguda que pueda hallarse en la vecindad, después de haber consumido ingentes cantidades de alucinógenos. Así que es probable que no sea una persona sana: de hecho, lo más probable es que no sea una persona.
A veces es difícil que esa idea penetre a través de la gruesa y estúpida corteza cerebral de alguno de ellos. La mayoría suelen ser conscientes de que no son tu jefe, pero no todos. A veces hay que sentarse tranquilamente y explicar que:
el experto eres tú. La labor del cliente es decirte qué quiere conseguir, y tú lo harás de la manera oportuna. No necesitas que nadie te diga lo que tienes que hacer. En tanto obtengas el resultado deseado en los plazos acordados, funcionas solo. No quiero que me expliques cómo hacer una entrevista de selección, soplapollas.
no recibes broncas. De ningún tipo. Si hay algún desacuerdo, está bien hablarlo. Pero yo no recibo tus broncas, porque no dependo de tí.
si algo va mal, lo digo, porque no tengo que temer que eso me cueste el puesto. Si tú quieres engañarte, es tu problema.
A veces hay que explicarlo, pero es muy gratificante cuando consigues hacerlo detalladamente.